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viernes, 26 de junio de 2026

 Mohamed Sayedy


Juan Ramón Vazquez Mejías

Sacar a un hombre o a una mujer de su cama en mitad de la noche, ante los ojos aterrorizados de sus hijos, no era una estrategia militar ni un acto de justicia, era el ejercicio cotidiano de una banda de delincuentes que decidieron que la mejor forma de gobernar España era convirtiéndola en un matadero. No buscaban enemigos armados; buscaban a cualquiera que hubiera tenido la decencia de militar en un sindicato, de enseñar a leer en una escuela rural o simplemente de no agachar la cabeza ante el señorito de turno. Ese era el verdadero patriotismo del bando rebelde: entrar en las casas como ladrones para robar vidas, dejando detrás un reguero de viudas y huérfanos cuya única culpa fue vivir en una España que se atrevió a soñar con la libertad.

Los paseos fueron el sello de identidad de vuestro glorioso régimen, una coreografía macabra donde la víctima no tenía derecho ni a saber por qué la mataban. Primero señalaban, luego secuestraban y finalmente fusilaban contra una tapia, dejando el cuerpo tirado como si fuera basura para que sirviera de escarmiento a los vecinos. Aquello no fue una guerra entre dos ejércitos, fue el exterminio sistemático de una clase trabajadora que había cometido el pecado imperdonable de creerse ciudadana en lugar de sierva. Habláis de orden y de paz mientras ignoráis deliberadamente que vuestro orden se levantó sobre las fosas comunes donde enterraron a quienes tenían la osadía de pensar diferente.

Es una infamia que hoy, casi un siglo después, todavía haya quienes se atreven a justificar aquella barbarie como una necesidad histórica. No fue necesario, fue un crimen calculado contra la humanidad. Cada vez que intentáis blanquear a los responsables, cada vez que habláis de reconciliación sin reconocer el horror del que venimos, estáis insultando la memoria de quienes fueron arrancados de sus hogares para no volver jamás. No hubo honor en aquellos crímenes, solo la vileza de quienes sabían que no podían ganar el debate de las ideas y decidieron que era mucho más sencillo apretar el gatillo. La historia ya ha dictado sentencia, y no importa cuántos monumentos o calles les dediquéis, porque vuestros ídolos siempre serán recordados por lo que realmente fueron: una panda de verdugos que convirtieron la noche española en un paredón permanente.


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