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miércoles, 14 de octubre de 2015

Pandemia católico-pedófila urbi et orbe

Curas pederastas, El Vaticano y Santa Pedofilia

La aparición de una suerte de “manual del cura pedófilo y nuevas denuncias por abusos sexuales por parte de sacerdotes en Brasil volvió a poner en escena uno de los secretos más guardados del Vaticano. Las operaciones de Benedicto XVI para ocultar los abusos. Sólo en Brasil, en los últimos años han sido denunciados 1.700 sacerdotes por abusar de niños y adolescentes. La negativa del sacerdocio para los homosexuales, ¿una maniobra de distracción?
El padre Edson Ives dos Santos, que a los 64 años “era un santo varón” para las beatas brasileñas que se postraban ante el confesionario, reconoció que planificaba su aberrante liturgia en base al “Manual del Cura Pedófilo”, un cuadernillo que circula desde hace meses entre los sacerdotes con inclinaciones non sanctas.

El último escándalo de pedofilia sacerdotal ocurrid en Brasil volvió a poner en el centro de la escena una mancha que desde el Vaticano se intenta tapar por los siglos de los siglos. Esté Juan Pablo II o Benedicto XVI al frente de la Iglesia Católica, el tema de tos abusos sexuales por parte de sacerdotes reaparece en todo el mundo y muestra que el primer reflejo de la cúpula vaticana es “tapar todo”.
El escándalo no es exclusivo de Brasil, sino que ha sacudido por etapas en las diócesis católicas de España, Francia, Italia, Alemania, Austria, Polonia, Gran Bretaña, Irlanda, Estados Unidos, México, Costa Rica, Puerto Rico, Colombia, Argentina, Chile... Pero la Iglesia esconde y minimiza este tremendo problema, que no es accidental ni azaroso sino institucional. Y está signado por el encubrimiento.

LA EPIDEMIA DE LAS SOTANAS.
Se podría decir que el cielo cayó sobre Brasil, el país con más católicos del mundo y una epidemia de casos de abuso sexual por parte de sacerdotes. Pero lo más grave es que, según el periódico italiano Corriere della Sera, el Vaticano sabía del desmadre de parte de sus filas brasileñas.
Según lstoé, en septiembre pasado, el papa Benedicto XVI envió a Brasil una comisión para investigar las acusaciones que se multiplicaban y se encontró con una decena de sacerdotes condenados por abuso sexual, 40 fugitivos y unos 200 mandados por la Iglesia de Brasil a clínicas psicológicas para ser ‘reeducados”

El número de denuncias revela una realidad más dura que la hallada por la Curia romana: la epidemia de lujuria está extendida en el país con mayor número de católicos en el mundo.
Los enviados papales no podían dar crédito a sus oídos cuando escucharon los pormenores del caso del padre Edson Ives dos Santos, párroco de la localidad agrícola de Alexia, en el estado brasileño de Goiás. Al cura jamás se le hubiera ocurrido la torpeza de abusar de los hijos de las familias adineradas a quienes preparaba para la primera comunión. No quería arriesgarse a arder vivo en el infierno de un escándalo público. Por eso, Edson elegía a sus víctimas entre los indefensos huérfanos del hospicio de la parroquia del Inmaculado Corazón de María, donde daba clase de catecismo. El manual que circula entre los curas pedófilos recomienda iniciar a menores recogidos de la calle y de las comisarías. Según una investigación de la revista brasileña, 1.700 curas —el 10 por ciento de los que llevan sotana en ese país— están siendo investigados por abusar de niños y adolescentes.


El autor de la macabra guía del cura pedófilo es un eminente teólogo, un sibarita que frecuenta los salones de la alta burguesía de San Pablo y, según el diagnóstico que se le hizo a petición del juzgado estatal, un pedófilo con marcados síntomas de narcisismo y megalomanía. De otra forma no se explica que Tarcísio Sprícigo, de 48 años, llevara un recuento manuscrito de sus fechorías. “Me preparo para salir de caza con la certeza de que tengo a mi alcance a todos los garotos (chicos) que me plazca.”
En su relato, el cura añadió: “Para esto soy seguro y calmo, no me agito, soy un seductor y después de haber aplicado correctamente las reglas, el niño caerá en mis manos y seremos felices para siempre”.
Antes de que lo arrestaran, el religioso abusó de muchos pequeños de la calle. Para él, eran los más fáciles de controlar, según escribió en su diario. En páginas que parecen un verdadero manual para pedófilos describió cómo persuadir niños: “Presentarse siempre como el que manda. Ser cariñoso. Nunca hacer preguntas, pero tener certezas. Conseguir chicos que no tengan padre y que sean pobres. Jamás involucrarse con niños ricos”. Sprícigo —que antes de caer preso fue trasladado a una parroquia rural, donde abusó de dos menores más— estaba seguro de sus tácticas. “Soy un seductor seguro y calmo. Basta aplicar las reglas y el chico caerá en mis manos...”, escribió en otras páginas. Y como él hay más. Alfieri Bompani, de 45 años, preso por abusar de niños de entre seis y diez años en una favela en la que, según él, hacía ayuda social, también se las daba de escritor. El cura, aparte de llevar un diario, estaba terminando un libro de cuentos eróticos basados en sus aventuras pedófilas, las mismas que destrozaron la vida de muchos de los que se acercaron a él en busca de ayuda.

Condenado a 15 años de prisión por violar del niño de cinco años que tenía bajo su custodia, Sprícigo declaró a los jueces que la idea de redactar un manual le surgió de forma espontánea, como una suerte de revelación asentada en la convicción de que “Dios perdona todos los pecados, pero la sociedad nunca!”.
Presumiblemente, el sacerdote aprovechaba los descansos sabatinos para componer el decálogo que incluye entre sus mandamientos la iniciación de chicos “cariñosos, tranquilos, sin bloqueos morales”, y aconseja “recogerlos de la calle, de las comisarías, de los hospitales de caridad”. Inspirados en el evangelio de Tarcísio, otros religiosos descubrieron junto con los placeres camales, el goce de la escritura y de la cinematografía. Otra muestra es el arresto del religioso Félix Barbosa, de 43 años, que fue encontrado recientemente en una orgía de droga y sexo con cuatro adolescentes que había contactado en Internet.
Barbosa grabó la escena con dos cámaras de video apostadas una sobre el televisor, otra sobre un mueble del motel. Posteriormente la policía halló un block de cartas con los relatos eróticos que el cura escribía en base a sus experiencias. Mientras se lo llevaban detenido gritaba que conocía a otros 12 curas que hacían lo mismo que él.

Otro amante de las letras, el sacerdote Celso Morais, de 62 años, regentaba, tras la fachada de un centro de alfabetización, un prostíbulo de menores para el placer de los hermanos de fe. El contenido de sus memorias es tan escabroso que la Justicia las marcó como documento clasificado. Según el Corriere dela Sera, otro de los involucrados es monseñor Antonio Sarto, obispo de Barra do Garças, sobre quien pesa una denuncia de abuso por parte de un cura que él ordenó.
LA SANTA INQUISICION.
Es la primera vez que el Vaticano moviliza a la Congregación de la Doctrina de la Fe —una institución surgida del extinto Tribunal de la lnquisición— para una indagación de esta naturaleza. La prensa italiana afirma que la Santa Sede se vio obligada a actuar contra sus acólitos al comprobar que no podía seguir ocultando los trapos sucios entre los muros de las iglesias.

Según las investigaciones de la revista Istoé en colaboración con la Universidad Católica de San Pablo, unos 1.700 sacerdotes han sido denunciados en los últimos tres años por abusos sexuales, principalmente de menores. Sin embargo, existen dudas respecto del genuino interés del Vaticano en esclarecer este tipo de delitos, castigar los culpables y evitar su repetición.
Según el periodista y escritor español Pepe Rodríguez, autor de Pederastia en la Iglesia Católica, “el problema fundamental no reside tanto en que haya sacerdotes que abusen sexualmente de menores, sino en que el Código de Derecho Canónico vigente, así como todas las instrucciones del Papa y de la curia del Vaticano, obligan a encubrir esos delitos y a proteger al clero delincuente. En consecuencia, los cardenales, obispos y el propio gobierno vaticano practican con plena conciencia el más vergonzoso de los delitos: el encubrimiento”, dice Rodríguez.

El padre Alherto Athié Gallo, que fue víctima de abusos por parte de sacerdotes en su juventud, explica que “dentro de la estructura jerárquica de la Iglesia, existe una especie de consigna generalizada respecto de la forma como debe enfrentarse esta problemática, manera que, cuando empieza a presentar sobre todo, desde el momento en que surge a la luz pública, se aplica sistemáticamente particular silos implicados son autoridades personajes considerados importantes para institución eclesiástica)”.
El padre Athié señala que las mismas le canónicas, que interpretan estas conducta como pecados secretos, prescriben procedimientos que tienen como finalidad evitar escándalo y amonestar al pecador, llevando políticas pastorales que se traducen en cambiar a los transgresores de parroquia, de diócesis y hasta de país. Aun los documento más recientes del Papa tienden a conservan esta política de la reserva, del secreto y de la exclusividad de juicio reservada a la Congregación para la Doctrina de la Fe, obligando todos los episcopados del mundo a informar, bajo absoluto secreto, de los casos de abuso sexual protagonizados por sus clérigos.

La respuesta de Roma ha sido minimizar los señalamientos, cambiar de diócesis a los presuntos abusadores y sospechar sistemáticamente de las víctimas por hacer públicos los ataques sexuales. Entre las primeras investigaciones acerca de estos asuntos y las evasivas de las cúpulas eclesiásticas están los trabajos del periodista Jason Berry, quien a medidos de la década de los ‘80 hizo reportajes sobre el abuso sexual de rigos en Louisiana. En 1992 publicó el libro Lead us notinlo Temptation. Catholic Priests and the Sexual Abuse of Children (No nos pongas en tentación. Sacerdotes católicos y el abuso sexual de niños y niñas). Jason Berry y Gerald Renner publicaron recientemente en español una nueva obra: Votos de silencio. El abuso de poder durante el papado de Juan Pablo H. En ese libro, Berry y Renner contabilizaron que durante el último medio siglo se presentaron casi 11 mil quejas por abuso sexual; los destinatarios fueron 4.392 sacerdotes en Estados Unidos.

El tema se mantuvo en secreto varias décadas, pero las demandas millonarias finalmente trascendieron a los medios y el tópico fue inocultable. Los montos de las indemnizaciones lo dicen todo: “Las víctimas han recibido unos 572 millones de dólares en daños, además de los 85 millones de dólares que la arquidiócesis de Boston decidió pagar a las 540 personas que la demandaron por los abusos sexuales de los curas”. Mientras tanto, el ex titular de la arquidiócesis de Boston cuando explotaron los escándalos, arzobispo Bernard Law, señalado de proteger a los abusadores, está a buen resguardo en Roma y al frente de una importante basílica.

FUGA HACIA DELANTE.
El sacerdote español Aquilino Bocos, actual superior general de los Misioneros Hijos del Corazón de María (claretianos), en declaraciones al semanario católico Vida Nueva, reconoció que la Iglesia Católica ha sido “remisa” a la hora de “condenar, aplicar medidas eficaces e impedir que se puedan repetir” los abusos sexuales de los sacerdotes, y que siguió “una política de silencio y ocultamiento de los hechos” por el deseo “de mantener limpio el prestigio de las instituciones” y llevada por su “tradicional misericordia hacia los culpables”.


El más reciente intento de fuga hacia adelante tras el escándalo de los abusos de menores por parte de sacerdotes brasileños ha sido la filtración de un nuevo documento que cierra las puertas del sacerdocio a los homosexuales. De esta manera, la Iglesia está intentando cambiar el eje de la discusión, tratando de distraer la atención de sus propios escándalos sexuales.
El texto, preparado por la Congregación para la Educación Católica y divulgado prematuramente por la organización italiana Adista, dice que aun respetando en lo individual a los homosexuales, la Iglesia no puede admitir al seminario ni a las órdenes sacras (diaconato y sacerdocio) a quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen lo que se llama la cultura gay.

En el documento, cuyo contenido se filtró a los medios en al menos tres ocasiones, la Iglesia ratifica su tesis, que distingue entre los actos homosexuales y las tendencias homosexuales. Los primeros, dice el documento, son pecados graves, intrínsecamente inmorales y contrarios a la ley natural. Las tendencias son objetivamente desordenadas.
Según el texto, cada seminario debe poder pronunciarse en cuanto a la madurez emocional de los aspirantes y sobre su aptitud para respetar la regla de la castidad. En caso de duda seria —dice tajante el texto—, no deben recibir las órdenes sagradas.
El texto responsabiliza al consejero espiritual de asegurarse de que ningún candidato presente desórdenes sexuales incompatibles con el sacerdocio. Si un aspirante es homosexual activo, el director espiritual debe disuadirle para evitar que solicite ser ordenado. El texto de la Iglesia sostiene que si la homosexualidad fue un problema transitorio propio de las dudas de la adolescencia, se exige a los aspirantes haberlo superado desde al menos tres años antes de solicitar su ordenación como diáconos, la etapa previa al sacerdocio.

En su libro La cara oculta del Vaticano. De Ratzinger a Benedicto XVI: el Papa Inquisidor, la escritora Sanjuana Martínez, dice que el Pontífice rechaza al clero rosa, pero lo oculta en clínicas repartidas por todo el mundo, en donde se les aplica una política de choque que consiste en retiros espirituales encaminados a devolverlos al redil de la heterosexualidad, o más bien, de la abstinencia sexual.
La escritora afirma que el Papa ha lanzado una auténtica cruzada contra los homosexuales: lleva años persiguiéndolos, y para ello ha impuesto filtros, destinados a localizar a los gays desde los seminarios. La escritora consideró que la Santa Sede “está obligada a explicar ante los millones de católicos por qué protege a pederastas, así como los casos de malversación de fondos, porque la Iglesia, además de ser una institución opaca, ha sido escenario común de actos de corrupción” .

LOS CASOS ARGENTINOS
La iglesia argentina tampoco estuvo inmune a los casos de abusos sexual por parte de sacerdotes. El caso del Padre Grassi que ya fue elevado para juicio oral, parece calcado de los casos brasileños. Maccarone en Santiago del Estero tuvo que renunciar cuando fue filmado durante una relación íntima con un remisero de 23 años. Otro caso fue el del Arzobispo de Santa Fe, Edgardo Storni, acusado de supuestos abusos sexuales contra seminaristas. La conducta de Storni había sido investigada por el Vaticano pero nunca se conoció el resultado del sumario. La periodista Olga Wornat en su libro Nuestra Santa Madre da detalles de los abusos del arzobispo.


EL MANUAL

Tarcísio Sprícigo fue condenado a 15 años de prisión. En su manual, recomendaba “iniciar” sólo a menores recogidos de la calle o de las comisarías, porque en su condición de indefensos era más difícil que los sacerdotes fuesen descubiertos: “hay que presentarse siempre como el que manda. Ser cariñoso. Nunca hacer preguntas, pero sí tener certezas. Hay que conseguir chicos que no tengan padres y que sean pobres y jamás involucrarse con niños ricos”–escribió.

Sprícigo también contaba parte de sus aventuras. Éstas son algunas de las frases más espeluznantes: “me preparo para salir con la certeza de que tengo a mi alcance a todos los chicos que me plazca”; “hacer el acto sexual cuando tengo la certeza absoluta de que el niño mantendrá el secreto”; “desde hace dos días que no me hago ninguno”; “me llueven chicos que son seguros y confiables, que guardan total secreto, que sienten la carencia del padre y viven solamente con la madre, están por todas partes”; “estoy seguro y calmo. No me agito. Soy un seductor y después de haber aplicado correctamente las reglas, el niño caerá en mis manos… y seremos felices para siempre” –escribió en su “recetario”.


Como no hay manual sin reglas, este cura redactó, además, una especie de decálogo del cura pedófilo. Algo así como los 10 mandamientos:

1. Edad: 7, 8, 9, 10.

2. Sexo: masculino.

3. Condiciones sociales: pobres.

4. Condiciones Familia: preferiblemente un niño sin padre, solo con una madre soltera o con su hermana.

5. ¿Dónde encontrar?: en las calles, las escuelas, las familias.

6. ¿Cómo engancharlos? clases de guitarra, coro, acólitos.

7. Lo más importante es mantener a la familia del chico enganchada.

8. Mayores posibilidades: en un niño que es cariñoso, tranquilo, sin inhibiciones, que carecen de padre, sin reparos morales.

9. Su punto de vista: ver lo que el niño disfruta y dárselo a cambio de la retribución de entregarse a mí mismo.

10. ¿Cómo presentarse?: Siempre cierto, grave, que domina la situación, nunca hacer preguntas, siempre tienen certezas.


Ante los jueces, Sprícigo declaró que la idea de este manual había sido espontánea, y que casi había sido una revelación divina porque según él “después de mi debilidad en el campo sexual, aprendí una lección. Y éste es mi solemne descubrimiento: ¡Dios perdona siempre, pero la sociedad nunca!” –declaró.

LA IGLESIA TE ACOGE

La misma revista Istoé en su investigación elaboró un decálogo universal de la impunidad de la Iglesia para tratar estos problemas. Varios de estas acciones se han usado en los casos de pedofilia investigados en Chile.



1.- Hacer una discreta investigación de lo ocurrido.

2.- Después de reconocer el abuso sexual y estar de acuerdo en que la imagen de la Iglesia sería dañada, iniciar conversaciones con el agresor y la víctima. Los obispos deben esforzarse para convencer a las víctimas y sus familias que el agresor fue castigado y que se detendrá y persuadirlos de no continuar con la denuncia con el fin de no dañar la reputación de la Iglesia o de ellos mismos.

3.- Cubrir los hechos y al agresor ante la opinión pública.

4.- Tomar medidas para asegurar el secreto. La jerarquía debe adoptar una medida canónica en contra del agresor, sólo con el fin de defenderse de una posible acusación de pasividad.

5.- Negar que se haya producido el abuso, argumentando que el sacerdote es una persona llamada por Dios, que es un hombre de virtud y una figura santa. Cuando no es posible negar la realidad, tratarla como una excepción.

6.- Hacer una defensa pública del agresor, haciendo hincapié en sus buenos servicios prestados a la Iglesia. Llamamiento a los cristianos al sentimiento de perdón para el pecador arrepentido.

7.- Hacer pública una descalificación de las víctimas y sus condiciones.

8.- Atribuir las denuncias a las campañas orquestadas por paranoicos “enemigos de la Iglesia”.

9.- Considere la posibilidad de negociación con la víctima.

10.- 
Proteger al sacerdote agresor.

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