Del Pazo de Meirás a las chabolas de la España de Franco: la voz de los que perdieron la guerra
Alfredo González Ruibal da voz a los silenciados por el franquismo en el ensayo 'País en ruinas': "No solo he documentando el sufrimiento, sino la dignidad y la resistencia"
Maeisu Moreno
10-6-26
ElPlural
Un sonajero hallado junto a los restos de una mujer fusilada, miles de familias obreras viviendo en chabolas hasta los últimos años de la dictadura y el legado de Emilia Pardo Bazán, degradado en manos de los Franco. Son algunas de las historias que rescata 'País en ruinas. Historias enterradas de la España franquista' (Crítica), de Alfredo González Ruibal (Madrid, 1976), arqueólogo, científico titular en el Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC y Premio Nacional de Ensayo 2023. El autor lleva más de 20 años haciendo arquología de la Guerra Civil y el franquismo y ha conseguido reconstruir a través de objetos enterrados la vida de las personas que sufrieron la represión franquista.
Entrevistado por ElPlural, el arqueólogo reflexiona sobre la memoria democrática, la persistencia de los silencios heredados de la dictadura y el auge de discursos que blanquean el franquismo que han logrado calar entre los más jóvenes. "Estamos viviendo una revolución conservadora reaccionaria que se apoya en los más jóvenes", argumenta.
Entre todos los hallazgos que ha investigado hay uno que sigue emocionándole especialmente proque "condensa todo el horror del franquismo": el sonajero de Martín, el bebé de nueve meses de Catalina Muñoz, una mujer fusilada en 1936, que lo llevó a su ejecución en el bolsillo de su delantal. "¿Cómo puedes matar a una madre con tres niños?", se pregunta. Para González Ruibal, ese objeto cotidiano explica mejor que cualquier discurso la violencia ejercida por la dictadura y el sufrimiento de las víctimas y sus familias.
Uno de los aspectos que más le ha sorprendido de su investigación es el chabolismo, que se prolongó hasta 1975 y afectó a miles de familias de clase trabajadora. Las excavaciones realizadas en Entrevías sacaron a la luz una realidad social mucho más precaria de la que suele asociarse al relato del desarrollismo franquista y que, según el arqueólogo, ha quedado relegada de la memoria colectiva, entre otras cosas, porque sus propios protoganistas consideraban que su historia no merecía ser contada.
González Ruibal también ha seguido los restos del franquismo hasta el Pazo de Meirás. Le indigna especialmente la degradación a la que sometieron el lugar en el que Emilia Pardo Bazán escribió sus grandes obras: "En manos de Franco se convierte en el el símbolo de la cutrería absoluta. Pasé mucho tiempo allí, en la casa del Caudillo, y toda esa majestad con la que se adornaba como de bazar de todo a 100, no sé cómo decirlo. Demuestra la miseria moral del personaje, de él y toda la familia".
Entrevista con Alfredo González Ruibal: "La historia de la dictadura tiene un final feliz porque acaba en la democracia"
P.- ¿Cómo es ser arqueólogo de la violencia y,
por tanto, del terror?
R.- Es duro, me resultas
admirables los colegas que se dedican única y exclusivamente a eso.
Yo tengo dos líneas de investigación, una que no tiene nada que ver
con esto, que es una especie de válvula de escape del horror de la
violencia, las guerras y las dictaduras. Me sorprende la gente que es
capaz de dedicarse de forma continuada a esto. Es desesperanzador.
La arqueología facilita un relato cercano, de personas concretas, un relato tangible de todo aquello, que puede resultar insoportable
P.- Hay partes en tu libro que encogen el corazón
R.-
Sí. Tenemos mucha información, al menos en este momento, de lo que
pudo pasar durante la guerra y, sobre todo la posguerra, silenciada
durante tantos años. La arqueología facilita un relato cercano, de
personas concretas, un relato tangible de todo aquello, que puede
resultar insoportable a veces, sobre todo cuando documentamos la
violencia y las torturas.
En el fondo, la historia de la dictadura tiene un final feliz porque acaba en la democracia, justo lo contrario de la Guerra Civil.
El día de su fusilamiento fue con el sonajero de su hijo en el mandil y su sonido fue lo último que escuchó
P.- ¿Qué te ha conmovido a ti particularmente?
R.-
El sonajero de Catalina Muñoz. Conocí esa historia a través de la
persona que hizo la exhumación, la antropóloga Almudena García
Rubio, y desde entonces es un objeto que me ha perseguido
continuamente. Me cuesta hablar sin emocionarme porque es una
historia que condensa todo el horror del franquismo: un simple
sonajero que en cualquier otro contexto pasaría desapercibido. En
una fosa común es el epítome del franquismo y el sufrimiento que
causó. ¿Cómo puedes matar a una madre con tres niños, entre ellos
un bebé de 9 meses? El día de su fusilamiento fue con el sonajero
de su hijo en el mandil y su sonido fue lo último que escuchó. Es
imbatible cómo este objeto cuenta lo que ocurrió.
El franquismo se encargó muy bien de hacer desaparecer a los sublevados, eliminar las pruebas del crimen destruyendo sus cuerpos y, por tanto, la memoria de las víctimas
P.- Durante el tiempo en que has trabajado en este tema
¿has conocido a familiares que siguen buscando a sus
desaparecidos?
R.- Aunque he cavado alguna fosa común,
no es mi especialidad. Estuve en el campo de concentración de
Castuera, había gente que se pasaba por allí para contarnos
historias terribles. Una de las mujeres habituales nos contó que
habían fusilado a su padre y a su madre siendo muy niña y venía
todos los días a ver si la habíamos encontrado, porque sabía que
estaba allí, en el cementerio. Muchas de estas historias acaban
también mal en el presente porque no podemos recuperar los restos.
El franquismo se encargó muy bien de hacer desaparecer a los
sublevados, eliminar las pruebas del crimen destruyendo sus cuerpos
y, por tanto, la memoria de las víctimas. Esto es casi lo peor de
todo: la destrucción, una forma de que la gente nunca pueda cerrar
el duelo. No nos hacemos una idea de lo doloroso que es para esos
hijos, pero también para los nietos que no pudieron conocer a sus
abuelos y experimentaron el trauma a través de sus padres.
Sumado a la tristeza, estas personas han sufrido durante años la humillación de ser señaladas y marginadas, especialmente en los pueblos pequeños.
En España que no hemos sido capaces de lidiar con esa memoria y por eso nunca ha desaparecido ese franquismo sociológico
P.- Al principio del libro hablas de la historia de tu
familia y no eres una persona sospechosa de tener ganas de revancha.
Cuentas, por ejemplo, que tu abuelo paterno, constructor, hizo
fortuna en la posguerra. ¿Qué opinas de la polarización
actual y el rechazo de la derecha a hacer memoria y recuperar la
dignidad de las víctimas?
R.- En España que no hemos
sido capaces de lidiar con esa memoria y por eso nunca ha
desaparecido ese franquismo sociológico. Hace no mucho se había
quedado en la mínima expresión: a principios del siglo XXI las
encuestas del CIS, que coinciden con el contexto de apertura de las
fosas comunes, decían que sólo entre el 10 y el 15% de la sociedad
tenía una visión benévola del franquismo. Ahora se ha disparado,
con gente que lo defiende de forma abierta o implícita. No creo que
tenga tanto que ver con el hecho de que no hayamos hecho bien
nuestros ejercicios de memoria, que también, sino con un contexto
global de auge de la ultraderecha.
En Alemania, que es el país que siempre se pone de ejemplo en cuestiones de memoria, han resurgido los neonazis y vuelve a haber una derecha que no se diferencia mucho en esencia de la de la ideología del nazismo en los años 20 y 30. El contexto actual en todo el mundo es difícil para las políticas democráticas de memoria en general. En Chile y Argentina está pasando lo mismo.
P.- Llama la atención que muchos de los nostálgicos del
franquismo sean jóvenes y adolescentes.
R.-Estamos
viviendo una revolución conservadora reaccionaria que se apoya en
los más jóvenes. Lo escuchan en casa, pero también en las redes
sociales, con youtubers, tiktokers e influencers que lanzan un
mensaje ultramachista antidemocrático. En ese mundo neoliberal
extremo, muy individualista y que prima por encima de todo el triunfo
social, encaja muy bien la idealización del franquismo.
Han conseguido que educar en valores democráticos se considere adoctrinamiento y es muy preocupante
P.- En la Comunidad de Madrid, por ejemplo, se retiró un
curso destinado a profesores sobre cómo abordar en las aulas la
memoria histórica y el franquismo. ¿Qué opinas?
R.-
Han conseguido que educar en valores democráticos se considere
adoctrinamiento y es muy preocupante. Más allá de cómo contemos el
pasado, es importante ver cómo estamos explicando el presente. Yo
siempre digo que mis libros no son bestselles, pero sé
que los utilizan los profes de los institutos. Para mí eso es
muchísimo más importante y la batalla que hay que luchar.
Mi ensayo no es un libro de opinión, está basado en pruebas materiales, tangibles, parecidas a las que se pueden presentar en un juicio
P.- Si determinadas instancias se enteraran, podrían
montar un escándalo por adoctrinamiento y emprender una batalla
política.
R.- Puede pasar y sería un problema, pero
también creo que es importante que las personas del mundo académico
estemos ahí construyendo este discurso. Mi ensayo no es un libro de
opinión, está basado en pruebas materiales, tangibles, parecidas a
las que se pueden presentar en un juicio. Son restos humanos, objetos
personales y eso es incontestable.
No estoy haciendo un discurso de lo que a mí me parece que fue la Guerra Civil o cómo debería ser nuestra sociedad, cuento cómo fue el pasado a partir de la documentación primaria, como hacen los historiadore, pero con una documentación primaria distinta. Es importante insistir en que se trata de una producción científica, basada en datos y hechos.
P.- ¿Qué ha aprendido o descubierto con este
trabajo?
R.- Empecé a hacer arqueología de la
violencia y de las dictaduras con el objetivo de revelar el horror
del pasado y recuperar las voces de las víctimas a través de sus
objetos. Según he ido avanzando mi investigación, lo que me ha
interesado más ha sido recuperar su dignidad. Esto lo descubrí
haciendo la investigación, que no solo estaba documentando el
sufrimiento, sino la dignidad y la resistencia.
P.- ¿Qué se hace luego con esos objetos?
R.-
Normalmente van a parar al a los museos provinciales o regionales,
como cualquier otro objeto arqueológico. Ahora tenemos un vacío
legal con los restos más recientes. Por ejemplo, nos dicen que las
chabolas son basura. Claro, todo es basura, pero al mismo tiempo
cuentan una historia muy importante. Los restos del tardofranquismo
los museos no los aceptan.
Asociamos el chabolismo con marginalidad, gente sin hogar, inmigrantes o toxicómanos. En aquella época no era el caso, era gente normal, de clase trabajadora
P.- Una de las cosas que me llama la atención es que
hubiera tanta gente viviendo de esta manera en el tardofranquismo y
el inicio de la democracia.
R.- Asociamos el chabolismo
con marginalidad, gente sin hogar, inmigrantes o toxicómanos. En
aquella época no era el caso, era gente normal, de clase trabajadora
que vivía en chabolas.
A partir de mi investigación descubrí que mi familia política vivió en condiciones muy también descubrí la historia de mi familia política que vivió en condiciones muy parecidas, en casas bajas sin luz ni agua. Hasta que no empecé a excavar no me contaron su historia. Es increíble ver hasta qué punto las personas más desfavorecidas interiorizan su historia y piensan que no merece la pena ser contada.
P.- El silencio se impone y al final es como si no hubiera
existido, incluso para los protagonistas
R.- Hay dos
silencios distintos: el de la represión política, que se explica
por el miedo y durante el franquismo se impuso a través de la
violencia, y el de la violencia estructural contra las clases
trabajadoras. Es como si no existieran. Cuando nosotros empezamos a
excavar las chabolas en Entrevías pensé que a los que vivieron allí
no les haría mucha ilusión que escarbáramos en su pasado, pero
sorprendentemente fue todo lo contrario: querían contar su historia.
La mayoría eran de izquierdas, antiguos republicanos que se habían
metido allí para sobrevivir y hubo una solidaridad muy bonita.
Franco tardó 25 años en construir casas para la gente pobre
El recuerdo de Franco como impulsor de viviendas de protección oficial tiene una base real, pero le podría poner mil pegas. La principal es que tardó 25 años en construir casas para la gente pobre. La realidad es que en los años 50-60 hubo programas sociales que ahora el contexto neoliberal no tiene en cuenta, por eso franquismo de aquella época puede parecerse al laborismo inglés. O sea, esas políticas sociales no tienen que ver con Franco, sino con un modelo económico muy distinto al que tenemos ahora. Ahora luchamos contra un sistema neoliberal que es muy difícil de desmontar.
P.- ¿A quién va dirigido este libro? ¿Hasta dónde te
gustaría llegar?
R.- Me gustaría que lo leyera gente
que le interesa la historia sin más, independientemente de sus ideas
políticas. Yo solo pretendo contar el pasado como arqueólogo y
disfruto investigando, pero también disfruto como de lector. Ese es
mi objetivo: escribir de historia para disfrutar de la propia
historia, más allá de la utilidad que pueda tener o la conciencia
que política-social que pueda generar. Es simplemente un
ejercicio de descubrimiento intelectual
A partir del 39 se establece una diferencia muy clara entre quienes pierden y quienes ganan, así hasta ahora
P.- En el prólogo del ensayo, abordas la polémica
con ‘la guerra que perdimos todos', diferenciando
que no es lo mismo perder la guerra que en la guerra.
R.-
Es bastante casualidad porque lo había escrito mucho antes de que
surgiera la polémica. No fue un añadido de última hora. Entiendo
el sentido de que todo el mundo la perdió, casi todas las familias
tienen muertos y pérdidas, independientemente del bando. Pero a
partir del 39 se establece una diferencia muy clara entre quienes
pierden y quienes ganan, así hasta ahora.
He hablado con un familiar de José Alba, a quien fusilan en el año 40. Era una persona normal y corriente, empleado de una empresa de seguros, que fue ejecutado tras la delación de una persona. Su nieta insistía que ellos lo perdieron todo y así ha sido hasta ahora. Era realmente una familia de clase media, con una vivienda y él era el sostén económico. De repente se quedan sin nada y no han recuperado las propiedades ni el dinero que, según dice ella, les robaron. Puedes pensar que pasó hace mucho tiempo, pero para Josefa y Alba Expósito, siguen expropiadas y sin que restituyan sus bienes. Nadie le ha devuelto una casa ni ha habido reparación.
Los Franco convirtieron el despacho de Emilia Pardo Bazán en un trastero
P.- ¿Se te ha desmontado algún mito a raíz de todo lo
que has investigado y visto?
R.- Yo ya partía de un
conocimiento histórico previo. En el fondo se trata de contar una
historia conocida desde otro punto de vista. Pero hay dos cosas que
me han sorprendido: el fenómeno chabolista, que se prolongó hasta
el año 1975, que afecto a personas de clase media-baja, que tenían
trabajo. Y la segunda, el pazo de Meirás que, en manos de Franco, se
convierte en el el símbolo de la cutrería absoluta. Pasé
mucho tiempo allí, en la casa del Caudillo, y toda esa
majestad con la que se adornaba como de bazar de todo a 100, no sé
cómo decirlo. Demuestra la miseria moral del personaje, de él y
toda la familia.
El ensayo de Raquel Peláez, 'Quiero y no puedo. Una historia de los pijos de España', les retrata, son las aspiraciones de gente que no sabe comportarse, nuevos ricos advenedizos, que se apropiaron de algo que no les pertenecía.
El Pazo de Meirás es lo que mejor desmonta al personaje: vemos a un tío absolutamente mediocre en cuyas manos está el destino de España. Era un manipulador, eso sí se le daba bien, pero intelectualmente un cero a la izquierda, engreído, narcisista y con mal gusto. Todo esto se ve allí y no es que yo tenga prejuicios, es incluso peor de lo que yo me imaginaba.
Además, Emilia Pardo Bazán en una de mis escritoras favoritas y ver ese espacio, hollado por este mequetrefe me indigna. Los Franco convirtieron el despacho en el que escribió todas sus grandes obras en un trastero, su biblioteca fantástica quedó despiezada y se les quemó. Ni Franco ni sus herederos abrieron un libro en su vida.
Los Franco han celebrado ese pasado, considerándose legítimos herederos de esa monarquía franquista
P.- Nadie es culpable de lo que hicieran tus antepasados,
pero la familia de Franco parece empeñada en mantener su legado en
el peor sentido de la palabra.
R.- De lo que eres
culpable es de cómo te relacionas tú con tus antepasados. Tú no
tienes la culpa de que tu abuelo fuera Franco o que, como el mío,
tuviera mano de obra esclava, pero sí eres responsable de cómo
te relacionas con esa memoria. Los Franco han celebrado ese
pasado, considerándose legítimos herederos de esa monarquía
franquista.
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