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miércoles, 10 de junio de 2026

 


EL ALCALDE FUSILADO ANTES QUE SU ESPOSA.

Su nombre era Basilio Sánchez Morillo.

Fue alcalde socialista de Castuera, en Badajoz, durante los años de la Segunda República.

No era un nombre de los grandes libros de historia.

No fue ministro.

No fue general.

No gobernó desde Madrid.

Gobernó desde un pueblo.

Y quizá por eso su historia duele de otra manera.

Porque la historia de España no solo se escribió en palacios, parlamentos y campos de batalla.

También se escribió en los ayuntamientos pequeños.

En las plazas de los pueblos.

En las casas humildes.

En las familias que un día quedaron marcadas para siempre.

Basilio Sánchez Morillo ejerció la máxima responsabilidad municipal en Castuera durante cuatro años.

Era un alcalde de la Segunda República.

Un representante local.

Un hombre ligado al socialismo.

Un padre de ocho hijos.

Y, como tantos otros alcaldes y concejales republicanos, terminó convertido en objetivo después de la Guerra Civil.

En 1939 se le instruyó un Consejo Sumarísimo Especial de Urgencia.

La sentencia fue ejecutada en Almendralejo, Badajoz, el 28 de septiembre de 1940.

Pero su muerte no cerró la tragedia de aquella familia.

Meses después, su esposa, Gregoria Tena Pereira, también fue fusilada en Mérida, en mayo de 1941.

Entonces la historia deja de ser solo política.

Se convierte en una casa vacía.

En ocho hijos sin padre.

En una madre también arrebatada.

En un apellido señalado por la posguerra.

Basilio no representa únicamente a un alcalde fusilado.

Representa a todos aquellos hombres de pueblo que, tras la derrota republicana, pagaron con su vida haber ocupado un cargo, haber defendido unas ideas o haber sido vistos como parte del mundo vencido.

Para algunos, fueron responsables políticos de un tiempo de violencia y fractura.

Para otros, fueron víctimas de una represión que no solo castigó actos, sino también ideas, vínculos, nombres y memorias.

Y ahí sigue la pregunta incómoda:

¿Qué significa recordar a un alcalde fusilado?

¿Es abrir una herida?

¿O es reconocer que muchos pueblos de España todavía guardan nombres que nunca tuvieron una tumba digna en la memoria colectiva?

Basilio Sánchez Morillo no fue un personaje famoso.

Pero fue alcalde.

Fue esposo.

Fue padre.

Fue vecino.

Y su historia, unida para siempre a la de Gregoria Tena Pereira, nos recuerda que la posguerra no solo destruyó vidas individuales.

Destruyó familias enteras.

Hoy, su nombre vuelve a pronunciarse.

No para imponer una única lectura del pasado.

No para convertir el dolor en odio.

Sino para entender que la historia de España también pertenece a quienes fueron silenciados en los pueblos.

Porque un país no madura cuando olvida.

Madura cuando se atreve a mirar su pasado con verdad, respeto y dignidad.

¿Crees que España ha sabido reconocer la memoria de sus alcaldes, concejales y vecinos represaliados… o todavía quedan demasiados nombres encerrados en el silencio?

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