La desproporción como norma: Indignación ante una violencia injustificable.
Es
imposible observar las imágenes de lo ocurrido sin sentir una
profunda indignación. El empuje brutal propinado a una maestra
jubilada de 68 años no es solo un exceso; Es una muestra de abuso de
poder que resulta inaceptable en cualquier sociedad que se
autodenomine democrática.
Lo
más alarmante de esta agresión es su carácter gratuito. La mujer,
lejos de representar una amenaza, ya acataba las órdenes de otro
agente y se dirigía hacia la acera, dejando la zona despejada.
Acorralarla
y agredirla por la espalda cuando estaba descuidada no es una medida
de control de masas, es un acto de cobardía impropio de quien
debería garantizar la seguridad ciudadana. Este tipo de actuaciones,
lejos de mantener el orden, erosionan la confianza pública y
siembran miedo entre quienes simplemente ejercen su derecho a la
protesta.
Esta
actitud resulta aún más irritante cuando se contrasta con la
pasividad habitual de los cuerpos de seguridad frente a las
manifestaciones de grupos de extrema derecha. Es difícil no notar el
doble rasero: Mientras que a una docente jubilada se la despacha con
violencia física por una nimiedad, a menudo observamos una
complacencia inexplicable cuando son otros los que ocupan las calles
con discursos de odio o actitudes violentas.
La
autoridad no otorga licencia para la brutalidad. Una policía que
pierde la mesura con los vulnerables, pero que muestra una extraña
suavidad con los intolerantes, falla en su misión fundamental.
Exigir
explicaciones y responsabilidades no es un ataque al cuerpo policial,
es una necesidad urgente para evitar que este tipo de abusos se
normalicen bajo el uniforme.
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