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miércoles, 10 de junio de 2026

 


Sandra Larce de Crespi

El fastuoso encuentro acaecido en Madrid en junio de 1954 entre los generales Francisco Franco y Rafael Leónidas Trujillo supuso todo un hito de pompa y propaganda para ambas dictaduras. Aquella cita no fue un mero capricho protocolario, sino una calculada maniobra de alta diplomacia que respondía a los acuciantes intereses de ambos regímenes.

Por un lado, el régimen de Franco, extenuado aún por los rigores del aislamiento internacional de la posguerra, ansiaba ardientemente estrechar lazos con cualquier nación dispuesta a brindarle legitimidad institucional en el plano europeo. Por el otro, el mandatario dominicano buscaba coronarse ante el viejo continente como el paladín indiscutible de la cruzada anticomunista en el Caribe.

El viaje, que incluyó un apoteósico baño de masas en las arterias madrileñas a bordo de un coche descubierto y escoltado por la fastuosa Guardia Mora, culminó con un efusivo intercambio de las más altas condecoraciones de ambos Estados. Más allá de los discursos solemnes cargados de retórica hispanista, la cita sirvió para sellar una alianza estratégica que facilitó convenios bilaterales, entre los que destacó un singular acuerdo migratorio destinado a repoblar con agricultores españoles las tierras dominicanas


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