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martes, 9 de junio de 2015

Hemeroteca: El Canguro (relato corto 2001)

El canguro


Luis Viadel


El pequeño camión renqueaba cansado de los mil viajes y el abandono al que su dueño lo había sometido a lo largo de los últimos años. En la puerta del conductor llevaba pintadas con cal las letras: FAI, y en la del acompañante: CNT. Iba cargado a tope con los modestos muebles que el joven matrimonio había recogido de unos y otros, algunos enseres, que sin pesar demasiado, ocupaban importantes espacios y poca cosa más. Detrás, atada con cuerdas, una gran estampa enmarcada de la Virgen de los Desamparados que miraba despavorida la tragedia de una guerra.
Vieron pancartas colocadas de balcón a balcón que rezaban: ¡Viva la República! ¡Abajo el fascismo! ¡NO PASARAN!, mientras cruzaban pueblos, aldeas, controles  y alguna patrulla que, con el brazo izquierdo en alto y el puño cerrado, les gritaban:
-¡Salud, camaradas!
Tapados con una manta, acurrucados encima de los utensilios van en busca, como muchísimos más,  de un lugar en la península (o fuera de ella) donde aparentemente la contienda  sea más benigna. La mujer lleva un niño de corta edad en los brazos y un pañuelo negro le cubre la cabeza. Él, con un cigarrillo en los labios, pañuelo blanco al cuello y boina negra un tanto deslucida por el uso, pierde la mirada en la lejanía. Recuerda su infancia y la impresión que le causó la sorprendente llegada de su abuelo al regreso de la guerra de Cuba. Hacía más de siete años que se lo habían llevado y volvía caminando desde el puerto de Alicante donde desembarcaron algunos de los supervivientes de la pugna contra los americanos. Durante cuatro días vivió de la mendicidad y lo que daba el campo, sin un real, durmiendo en los ribazos pero con su pergamino-licencia, firmado por el Rey de España, dentro de un cartucho metálico adornado con hilos de seda de colores dentro de un hatillo que llevaba colgado al hombro.
Sus larguísimas barbas lo enemistaron con todos los perros que se cruzaron en su camino y muchas puertas se fueron cerrando a su paso hasta llegar al pueblo. Nunca se le podrá borrar esa imagen que hizo que sus propios conciudadanos cerrasen los cerrojos y mirasen a hurtadillas a través de los ventanos.

Se quedó ciego al poco tiempo y él, como era el menor de los hermanos, fue nombrado su lazarillo. No le gustó y muchas veces lo abandonaba en las eras, tomando el sol, para jugar con los amigos. Ahora lamenta no haberse portado mejor con su abuelo  que, ya muy cansado, pedía constantemente la pistola que trajo de su viaje para matarse. Era demasiado joven, un niño, pero el único interlocutor que a veces le escuchaba atentamente las historias de su azarosa vida en Cuba. En aquel entonces muchas de las cosas que le contaba resultaban difíciles de entender para su corta edad pero ahora que lo recordaba con una fidelidad asombrosa, viendo pasar los árboles y las casas, absorto con sus pensamientos, se regocijaba al descubrir que a pesar de la guerra,  en Cuba, su abuelo lo había pasado bastante bien. “Las mujeres del trópico son muy ardientes, ya sabrás lo que eso significa. Detrás de  esa aparente dejadez hay arte y  son como diosas oscuras con luz en ojos y dientes, mimosas, dulces, te acarician hasta con las palabras. Llevan fuego en las entrañas y cuando abren la boca del dragón, cubierta por el monito, pierdes el seso y la cordura. Hemos dejado muchos cadáveres pero la naturaleza es la que manda y sobre sus tumbas han crecido muchos mestizos. Seguro que tienes algún tío o tía al que no llegarás a conocer nunca. También se desperdició mucha simiente cuando sembramos en bancal más árido, porque algunas tenían reparo a quedarse ocupadas. Si pillabas una potranca fogosa de ancas hermosas y algo miedica, el remedio era un ataque directo por la popa, sin titubear, untando el sable con grasa de caballo y arremetiendo  contra el ojo ciego que es una vaina mucho más ajustada. Algunas lo preferían así.”
-Dame la pistola que me mato- repetía una y otra vez.
Un día su padre, harto de oírle siempre la misma cantinela, dejó a todos estupefactos  en el momento que, poniéndole el arma en la mano, le gritó:
-¡Ahí la tiene! ¿Está contento? ¡Pues hale, mátese ya de una vez y déjenos tranquilos. !
El abuelo era un tunante y no estaba por la labor, por lo que blandiendo el arma en su mano temblorosa, dijo:
-¿Por dónde queréis que me tire? ¡Decídmelo! ¿Por dónde me disparo?
Luego supo que estaba descargada. Qué gran tipo había sido su abuelo y qué lástima no tenerlo ahora para que le volviese a contar aquellas maravillosas historias  que nadie escuchaba. Aunque bien mirado, mejor que siga  como está, en su nicho y no pueda ver cómo  nos matamos unos a otros, hermanos contra hermanos.
También su padre había sido una gran persona,  sin tener el bagaje de su abuelo, sacó adelante a  nueve hermanos y a su madre trabajando de sol a sol. No circulaba el dinero y casi siempre cobraban las peonadas en especies. Solamente cuando llegaba el verano formaban las cuadrillas, él también estuvo en una aunque sin tener la edad mínima, y salían andando hasta las Cinco Villas en Zaragoza, pueblo a pueblo, ofreciendo sus servicios para la siega. Tardaban mes y medio en regresar pero volvían con unos duros que gastaban en comprar harina para que no les  faltase el pan en todo el invierno.
Una vez también estuvo en el arroz, en Valencia, y cogió el paludismo. Tenía mucha fiebre y le daban fuertes temblores, seguidos de grandes sudaderas. Una especie de ataques. El médico siempre que pasaba por la puerta entraba a verle, pero no mejoraba. La vecina, la tía Dolores, la mujer del Mangastristes, le aconsejó que llevara al muchacho a la curandera de Utiel que había sanado a muchos.
Llegó el día que tenía que comprar el saco de harina y decidió llevárselo. A la ida montó en la mula, pero al regreso tuvo que caminar.
La sanadora le diagnosticó rápidamente.
-Este muchacho tiene el paludismo.
-¿Se pondrá bien?- preguntó el padre.
-Haz lo que te voy a decir: vete a casa la Ursula y cómprale un chavo de chochos crudos. Ahora mismo le das uno y que se lo trague; mañana  dos en ayunas;  al día siguiente que se tome tres...  Se curará.
-¿Qué te debo, mujer?
-Nada, id con Dios...
No es que don Elpidio fuese un doctor mediocre, aunque siempre creyó que se había puesto bueno gracias a su medicación, porque en otra ocasión le salvó la vida. La gente le tenía fe y le querían.
Se lo notó su madre, como casi siempre ocurre en estos casos, al comprobar que al chico se le iba hinchando el vientre conforme pasaban los días hasta el punto de parecerse a una embarazada de nueve meses.
Acudieron  a él y  también fue tajante con el diagnóstico:
--Está olpiao. Esperad un momento.
Su madre muy preocupada rezaba entre dientes, pero él como no tenía dolores, lo encontraba hasta divertido.
Apareció el doctor con un cubo y una palangana grandes, los colocó junto al chaval, le bajó los pantalones remendados y le pinchó directamente en el vientre con una larga aguja. Salió un fuerte chorro de un líquido verdoso y maloliente, putrefacto, que acabó rebosando los dos recipientes, manchando ligeramente el chauche del pavimento. No era mal médico don Elpidio.
Se casó con la Amparo, una mujer muy guapa de gran psicología, después de muchas broncas con los mozos del pueblo que no permitían que un forastero se llevase a una de sus chicas. Festejaron varios años, se casaron como dios manda y tuvieron un hijo. Ahora se han gastado lo único que les quedaba en el alquiler de la furgoneta por ir en busca de un futuro, de una nueva vida, con un trabajo  y una casa. Pero el país está en guerra y ellos parecen no querer aceptarlo.
Nunca estuvieron allí antes y no conocen a nadie.  La telefonista, la Trini, les habría buscado alojamiento cuando desde la capital llamó comunicando que se trasladaba con su mujer y su hijo, que era el nuevo celador de la zona y no sabía a quién dirigirse.
Ningún problema, disponían de una planta baja de más de cien metros cuadrados, un corral grandísimo donde poder criar animales en una calle ancha cerca de la iglesia y  con un alquiler muy asequible.
El primer bulto que se descargó luego de aflojar las cuerdas, fue el cuadro que había  discurrido por calles, caminos y carreteras sin que nadie se percatara o pusiese la menor objeción cuando en la nación  se hacían hogueras con los objetos de culto, religiosos: estatuas, cuadros, reliquias, tallas e imágenes.  Quedó apoyado en la pared, junto a la puerta de entrada, por donde fueron metiendo en la casa todos los cachivaches
La Virgen, ligeramente encorvada, observa la calle vacía, aunque cientos de ojos ocultos, de miradas furtivas no se pierden el menor movimiento de los recién llegados.
Se marchó la camioneta,  cerraron la puerta y el retrato  quedó allí, abandonado, olvidado y un tanto provocativo a tenor de la tónica dominante.
Al mediodía aparcó delante mismo de la casa el Canguro con un detenido dentro dejando las calles desiertas a su paso. Algunos corazones laten con fuerza en la oscuridad de sus escondites y la angustia se ceba en la gente del pueblo que teme por sus hijos, maridos, padres, hermanos...
El conductor, un miliciano joven, llama con la aldaba y espera que abran mientras coge el cuadro y se lo muestra a la Amparo que aparece bajo el dintel de la puerta.
-¿Es vuestro?
-¡Ah sí! Se nos olvidó al descargar los muebles. ¿Y tú qué haces aquí?
Le invitan a comer. Es un vecino de su pueblo que  lleva varios días recogiendo fugitivos, desertores o cualquier hombre capaz de empuñar  un arma, para trasladarlo al frente.
-¿No llevarás a nadie...?
-Sí, un desgraciado que pillé en la carretera.
-¿Y por qué no lo sueltas?
-Si no se va es porque no quiere. La puerta no está cerrada.
-Déjamelo a mí - dice el marido levantándose y dirigiéndose a la calle.
Abre el portón trasero del furgón y aparece un hombre de mediana edad triste y tembloroso.
-Márchate.
-¿Qué?
-Que te largues, hombre.
-No, no, que me matarán...-le contesta sin moverse y encogido de miedo.
-Nadie te hará nada. Corre vete, metete por los caminos vecinales y no vayas por la nacional.
 No se ve un alma en las calles pero todo el mundo se ha enterado de lo que acaba de suceder.
Transcurren los meses con una aparente tranquilidad. La mujer sale a dar de comer a las gallinas todos los días, ¡pita, pita! y a veces le da la sensación de ser observada, incluso en la casa de enfrente una sombra aparece y desaparece súbitamente sin llegar a perfilarse.
Al atardecer el rebaño que entra en el pueblo se va deshaciendo y las cabras acuden a sus hogares después de haber pasado la jornada en el campo. La Paloma cruza el umbral y atravesando el comedor se dirige al corral como lo viene haciendo día tras día.
Una mañana  se empezaron a llenar las calles de banderas roja y gualda, camisas azules, desfiles y mucho alborozo. Aparecieron balcones y ventanas engalanados con manteles, cobertores y colchas algunos con una foto de Franco cosida. La radio no hacía más que emitir marchas militares hasta que cortando la emisión una voz entre cavernosa y solemne, dijo:
Parte oficial de guerra correspondiente al día de hoy.
En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares.
La guerra ha terminado.
Burgos, 1 de abril de 1.939- Año de la Victoria.
El Generalísimo Franco.
El matrimonio se vio terriblemente desconcertado cuando vecinos, amigos y conocidos fueron apareciendo con los pechos cargados de medallas en pasacalles interminables, con banda de cornetas y tambores, paseando al santo que había permanecido escondido  los tres años de guerra,  flanqueado por sotanas y uniformes que olían a naftalina.
-Eres una buena mujer- le dice sonriendo un cura al pasar-¡pita, pita! te veía todos los días en el corral.
La última vez que estuvo hablando con un ministro del señor fue, antes de casarse, en un confesionario del que salió asqueada,  avergonzada y roja de ira.
Marchó el marido a la capital y sus jefes le instaron a que continuase trabajando. La depuración era tremenda pero probablemente habían llegado buenos informes suyos. Pidió el traslado a otro lugar. Antes de salir su mujer le había dicho:
-Vámonos, aquí el niño no podrá estudiar y será como nosotros. Además no sabría como mirarles a la cara después de saber que hemos estado vigilados por los que decían ser nuestros amigos.
No atendieron a los antiguos vecinos, ricos terratenientes, que les auguraron un brillante porvenir, regalándoles algunas tierras de regadío para matar el gusanillo o  varias hanegadas de naranjos  si se quedaban en el pueblo.
-Mamá, ¿quién ha ganado la guerra?
-Los ricos, hijo, la guerra la han ganado los ricos y la hemos perdido los pobres. Vámonos de aquí.
Lo que menos podían imaginar es que la verdadera batalla acababa  de comenzar.

Luis Viadel. 2001
Nota del editor del Blog: Los hechos y acontecimientos que se describen en este relato fueron realidad, así como todos sus personajes.

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