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jueves, 22 de noviembre de 2018

Javier Maroto (PP) se casa con su marido Josema Rodríguez


Al Obispo, le hubiese gustado celebrar el sagrado vínculo del matrimonio, que por circunstancias sociales no fue posible, pero les hace llegar  con su felicitación,  la Bendición Apostólica de Su Santidad.

El infierno de ser gay durante el franquismo: muerte, soledad y campos de concentración
·         Paula Cantó
02/11/2018
Bruno se queja de que hay insectos en su comida, en el comedor de la cárcel de Valencia. “En Tefía se comen hasta las cagarrutas, date con un canto en los dientes”, le responde un preso. Lo llaman “Colonia penitenciaria agrícola” pero Tefía, le explica, es un campo de concentración para homosexuales en Fuerteventura. Se trabaja picando piedra de sol a sol, entre golpes y bajo un sol sin tregua. Es 1955 y los homosexuales son detenidos por la policía, que se ampara en la ley de peligrosidad social. ‘El violeta’ (Drakul), la novela gráfica de Juan Sepúlveda, Antonio Mercero y Marina Cochet, plasma esta cruel época a través de la vida de un joven de 18 años.
Una noche de 1955, Bruno cae en una trampa tendida por la policía en los cines Ruzafa de Valencia. Los agentes le golpean y se lo lleva al grito de “violeta”: su delito es ser homosexual. La de ‘El violeta’ es una historia cruda sobre la persecución de los homosexuales durante el franquismo, sobre fingir lo que no se es, sobre dolor y sufrimiento, sobre el amor y la mentira. Una crónica histórica que se alarga durante años, desde que Bruno es un adolescente miedoso hasta que el peso social cae sobre sus hombros y configura su forma de ser.
Para engendrar su primera novela gráfica, el valenciano Juan Sepúlveda se ha empapado de ensayos, expedientes médicos o policiales y “muchos testimonios de presos durante los últimos cuatro años”, explica a El confidencial. Se remite en concreto al de Octavio García, superviviente del campo de concentración de Tefía que uno de los personajes de ‘El Violeta’ le describía a Bruno. El temido campo de Tefía se creó en 1952 cuando la Dirección General de Instituciones Penitenciarias adquirió unos terrenos que habían pertenecido al primer aeropuerto de Fuerteventura.
En aquella época, comenta Sepúlveda, se crearon estos campos de concentración por la enorme cantidad de condenados bajo la llamada ley de Vagos y Maleantes y la posterior ley de Peligrosidad Social, que establecía desde multas hasta penas de cinco años de cárcel. “Eran más de dos mil al mes”.
"No escuchamos ni una palabra en colegios"
‘El Violeta’ quiere recordar una memoria silenciada. "Los jóvenes de mi generación, y las anteriores y sucesivas, no escuchamos hablar ni una palabra en los planes de estudio de los colegios e institutos”, explica Sepúlveda. Se ha sumergido en esta historia para recordar lo que pasó con el colectivo LGTBI. "Cuánto tuvieron muchos que sufrir, e incluso dejarse la vida, para conseguir los derechos y libertades que tienen hoy en día.”
Me interesaba el síndrome de la rana hervida. Cómo vamos acostumbrándonos a lo malo. La sociedad como maltratadora del homosexual
Pasar a la siguiente página es aumentar el dolor por momentos, tanto para el lector como para el propio autor. “Bruno, el protagonista, trata de encajar en una sociedad donde no hay lugar para los homosexuales”, comenta Sepúlveda sobre el momento que más difícil le fue de relatar. “Me interesaba el síndrome de la rana hervida. Cómo vamos acostumbrándonos a lo malo. La sociedad como maltratadora del homosexual. Pero el caso de Bruno era complejo. Las circunstancias fueron capaces de amilanarlo de joven, pero los años pasan y Bruno se convierte en una bomba de relojería.”
Pero el valenciano repara también en otras vidas rotas que con el tiempo van cicatrizando como pueden. Todas ellas han bebido de historias reales hundidas en el tiempo. Es el caso, por ejemplo, de Maricruz, que se convertirá en la esposa de Bruno. “Es una mujer brillante que es arrastrada a un matrimonio concertado”, describe Sepúlveda. “Cuando descubra la homosexualidad de su marido y la abolición del divorcio empezará su tormento al sentirse atrapada en la relación”. En el sistema educativo franquista, el desarrollo intelectual de la mujer se encontraba limitado. “Las mujeres estaban destinadas al hogar y al cuidado de los hijos”.
El de ‘El Violeta’ es un viaje en el tiempo oscuro y amargo, pero necesario. Una luz hacia lo pasado y una bofetada en la cara. “No te olvides de esto”, parece gritar desde sus páginas asfixiadas. Sepúlveda parte de una anécdota que le contó Antonio Ruiz, presidente de Ex-Presos Sociales: él, como Bruno, también fue delatado por una monja y encarcelado solo con dieciocho años. A partir de ahí, su grito de guerra denuncia “todos los abusos policiales, detenciones, encarcelamientos, alejamientos, humillaciones, vejaciones y un largo etcétera que les ocurrieron a miles de españoles homosexuales.”
‘El Violeta’, cuyos derechos ya han sido adquiridos, está cerca de convertirse en una película. “En enero o febrero, la productora presentará el proyecto en un comité de Televisión Española”, cuenta Sepúlveda. “Creo que el colectivo LGTB merece una película como esta para curar las heridas del franquismo”.
Vuelve a ser 1955. Bruno mira a su compañero de celda, que resume el dolor y la injusticia de la historia y de una realidad que aún resuena: “Estamos aquí por ser como somos”.






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