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domingo, 30 de octubre de 2016

El soldadito que jamás volvió de Zaragoza

Público
28-10-16
Luis Gonzalo Segura
“Sábado, no uno cualquiera, mi aniversario de bodas 30 años de casada. ¿Feliz? Pues sí, porque para mí el significado de felicidad era saber que mis hijos estuvieran bien, en el sentido de salud y trabajo, claro… mi esposo me acababa de dar un regalo. La única espinita es que no hacia ni 24 horas que a nuestro hijo Juan Antonio, que era militar, lo acababan de destinar a Zaragoza.
Fue muy duro puesto que llevábamos 3 años luchando con una antipática enfermedad de las llamadas raras: una narcolepsia. Esta enfermedad lo tenía muy agobiado y limitado en muchas cosas. Lo que nos parecía raro es que habiendo pedido destino cerca de casa (vivía en Cádiz y le destinaron a Zaragoza) pues la medicación tenía que tomarla de noche y en casa y siempre vigilado por una persona, por lo cual no podía dormir solo.
Nos sorprendió mucho la decisión  del  Ejército, pero mi hijo nos decía “¡eso lo hacen para putear mamá! pero conmigo no van a poder”.
Pues aunque parezca mentira sí pudieron con él, esa misma mañana del 26 recibimos una llamada de teléfono que lo cogió mi marido. De pronto lo vi encogido de dolor sin poder hablar, con el teléfono en la mano, pensé que le estaba dando un infarto, me asusté bastante y le preguntaba “¿qué te ocurre?, ¿qué te ocurre?”, una y otra vez sin recibir respuesta, le quité el teléfono de las manos y pregunté “¡¿quién es, quién es?!”.
“Señora, su hijo es el soldado Juan Antonio Rosa Bilbao?”.
“Si (contesté), ¿ha ocurrido algo?”.
“Su hijo nos lo hemos encontrado muerto en su camareta…”.
No puedo ni escribir cuál fue mi reacción, gritaba “oh, no, no, no, no… Usted se ha equivocado, no puede ser…”
Me fallaron las fuerzas y caí al suelo a la vez que pensaba que eso no podía estar pasando, revoleé el teléfono y solo gritaba “no, no, mi niño no, mi niño no”.
Mi marido intento tranquilizarme a la vez que yo tenía que tranquilizarlo a él, había un cliente en el negocio que no daba crédito a lo que estaba pasando. El coronel nos llamó una y otra vez para tranquilizarnos por teléfono (no se dignaron ni a mandar a alguien para comunicárnoslo en persona, ¡qué inhumanos!).
Ya un poco más tranquilos nos daba instrucciones para lo que teníamos que hacer, porque estábamos en Cádiz y mi hijo en Zaragoza.
¡Dios mío!, ¿cómo le decíamos a nuestros hijos lo de su hermano?, ¿cómo hacíamos para evitarles tanto dolor?
Menos mal que mi hijo, el pequeño, en esos momentos se encontraba en casa de su hermana, por lo menos la noticia la recibieron juntos, en esos momentos era como si una caja de cristales estuviera en mi pecho y por cada latido de mi corazón se me clavaba unos cuantos…
¿Cómo se lo contaba a mi madre? ¡Dios mío! ¿Qué has hecho con nosotros? No creo que ningún padre tenga el derecho de pasar por esto.


Día muy largo hasta que llegamos, la noche más larga aún.
Domingo 27 a esperar que le hicieran la autopsia para podérnoslo traer para Cádiz, nos quedaba otro duro día de vuelta y una noche de angustias.
A partir de este día ya nada ha vuelto a ser lo mismo, ni en casa, ni en nuestras vidas, el día a día es súper complicado, mi hijo (el pequeño) ya no es el mismo… Se pregunta una y otra vez qué le han hecho a su hermano. Compartían cuarto, confidencias, porque su soldadito y él eran uña y carne.
Mi hija era su segunda madre, tampoco lograba comprender lo que estaba pasando, “¿por qué nos lo han quitado mamá?…” y qué le contesto si no tengo ni voz.


Jamas volveré a ver a mi niño, ni lavar esos petates de ropa que me traía los viernes y tenía que tener lista para el domingo, ni a decirle jamás que deje de fumar y tomar tanta coca cola. Cómo disimulas el dolor ante tus hijos, tu marido y tu familia y decirles que estás bien cuando estás destrozada, cómo se te quitan las ganas de cuidarte, de vivir, de respirar… Cómo disimulas cada vez  que hueles el perfume de él en otros chavales, cada vez que ves a tu otro hijo con su ropa y con muchísimos gestos igual que su hermano, todo, todo te huele y recuerda a él.
Nuestras vidas jamás volverán a ser lo que eran.
Solo espero que si hay un responsable en todo esto, que algún día pague por ello.
.”
Carta escrita por Rosa Bilbao.
Rosa o “Madre escorpión” (por la portada de Un paso al frente con un escorpión), como la llamamos cariñosamente, perdió hace tres años a su hijo (el 26 de octubre de 2013) y desde entonces tiene una herida que, quizás, jamás consiga curar.
Sé que ha resultado muy sencillo para la cúpula militar expulsar a más de 4.250 militares discapacitados de las Fuerzas Armadas en diez años, tanto como lo fue para un oficial en Líbano introducir una gata y cuatro crías en un cubo de basura y dejar que se abrasaran al sol. La operación no es en absoluto compleja, solo hace falta ser despiadado.
Igual que aquella gata y aquellas crías maullaban por la desesperación, la angustia y el sufrimiento, más de 4.250 militares han sido expulsados sin piedad mientras protestaban ante la indiferencia de la mayoría (muchos de ellos compañeros y amigos) y la brutalidad de la cúpula, la justicia y la sanidad de las Fuerzas Armadas.
Los hubo que cuando hablé de ‘exterminio laboral’ les pareció una trivialización del término, lo que supongo que depende del punto de vista con el que se mire. Desde el prisma de la oficialidad, lacayos y secuaces, terminología muy excesiva, tanto como montar un escándalo por abrasar una gata y cuatro crías al sol. No es para tanto, pura burocracia. Desde la asfixia de los que se quedan en la calle sin salario y con una minusvalía, impidiéndoles con ello mantener a su familia, se trata de una política tan brutal que son capaces de arriesgar sus vidas con tal de no perder el salario que tienen. Y desde la infinita tristeza de aquellos que perdieron a sus seres queridos a consecuencia de esta infame política, seguro que les parecerá una terminología trivial pero por lo insignificante.


Sucede que esa política de reducción de militares de tropa a toda costa, aunque sea gran parte de la oficialidad lo que sobre desde hace siglos, ha generado que la sanidad militar se convirtiera en una especie de pelotón de fusilamiento de todos aquellos que se quedaron rezagados en algún momento. A día de hoy ni siquiera tenemos constancia de las consecuencias reales (en cifras) de tan deshumanizada política de represión laboral, aunque si pensamos que más de 4.250 militares fueron purgados en diez años, no hay que ser muy perspicaz para intuir que las cifras deben ser escandalosas.
Como los datos son fríos, tanto que muchos mezquinos son capaces de pretender distorsionarlos, he querido recordar en estas fechas tan señaladas la historia de Juan Antonio, el hijo de nuestra ‘Madre escorpión’, una persona muy especial en este oscuro mundo.
En memoria de todos aquellos que perecieron y los familiares y seres queridos que no pueden descansar en paz porque no encontraron aquello que jamás pensaron que tendrían que buscar: Justicia.



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