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lunes, 15 de abril de 2019

"SODOMA,^Poder y escándalo en el Vaticano" (Una de las mayores comunidades gay de lmundo)



Frédéric Martel y su explosiva investigación sobre el Vaticano: “Hay cardenales que llevan una vida normal con sus novios”

En su reciente libro "Sodoma. Poder y escándalo en el Vaticano", el periodista y sociólogo francés asegura que en el corazón de la Iglesia Católica se encuentra "una de las mayores comunidades gay del mundo". En diálogo con Infobae destacó que muchos sacerdotes y obispos se caracterizan "por su doble moral y su homofobia"

Por Agustina Larrea | 14 de abril de 2019 
Describe al corazón de la Iglesia Católica, el Vaticano, como "una de las mayores comunidades gay del planeta". Dice que su intención no es señalar a curas, cardenales y obispos sino que pretende remarcar un sistema de "doble moral" encabezado por personajes que "en su vida pública se muestran extremadamente homofóbicos" pero que en privado "tienen relaciones íntimas con otros varones".

El periodista y sociólogo francés Frédéric Martel acaba de lanzar en la Argentina su nuevo y controversial trabajo, Sodoma (Roca editorial, 2019) que en el mundo ya se convirtió en un best-seller y despertó polémicas por su contenido.

Sonriente, el autor de trabajos periodísticos como Cultura mainstream, Global gay y un destacado ensayo sobre internet llamado Smart, asegura a Infobae que tiene "más de 14 abogados" y que a lo largo de su investigación habló con un centenar de miembros de la Iglesia.

Mientras espera que su publicación se sumen nuevas traducciones (el libro fue lanzado en 20 países y espera que llegue a estar disponible en 50 antes de fin de año), el investigador visitó la Argentina donde, asegura, también encontró historias que muestran la "doble vida" de varios religiosos.

-Entrevistó a cientos de cardenales, obispos y distintos miembros de la Iglesia Católica. ¿Por qué decidió contar esta historia ahora?

Sodoma es un libro que refleja una investigación sistemática sobre la sexualidad y especialmente homosexualidad entre sacerdotes, obispos y cardenales, principalmente en Roma, en el Vaticano, donde viví por un tiempo durante los últimos cuatro años. También refleja lo que ocurre en cerca de 30 países. Vine a Buenos Aires, por ejemplo, fui a Santiago de Chile, México, Cuba, Colombia, entre otros, para hacer la investigación. La cuestión no era decir "el cardenal A" o "el obispo B" es gay porque el libro en realidad es sobre el sistema. Me pregunté: "¿por qué esta maquinaria de homofobia y misoginia es también un sistema muy gay?". Así que ese es de alguna manera el asunto, llevado adelante en lo que se llama "periodismo inmersivo". Entras a una corporación o a un determinado grupo e intentas develar su lógica y cómo funciona. Pero quiero subrayar que esto no se hace para "denunciar" a nadie. El hecho de que un cardenal o un sacerdote sean homosexuales no es un problema para mí. Yo soy abiertamente gay y soy "gay-friendly". Lo que sí es un problema es la hipocresía, la esquizofrenia, la doble vida.

-¿Y cómo fue esa experiencia? Al leer el libro da la sensación de que el Vaticano es como una suerte de gran clóset.

-Yo no diría que el Vaticano es un gran clóset, diría que es la suma de pequeños closets. Todos están en sus pequeños secretos. Y hay distintos tipos de personas. Hay personas a las que llamaría "homófilos". Los homófilos son personas gay con una identidad cultura y psicología gay pero que no actúan, que no tienen relaciones sexuales. Ellos son fieles al voto de castidad y celibato. Después hay otros que tienen grandes problemas. Ellos pueden tener historias de amor o de sexo pero están muy infelices con eso, pelean con eso flagelándose, se castigan a sí mismos y ese tipo de cosas. Después hay muchos cardenales que llevan una vida normal con sus novios. A veces es un asistente, un guardaespaldas, un secretario o un traductor. Después hay muchas cosas alocadas, con personas gay en el Vaticano, sacerdotes u obispos que tienen vidas múltiples.

-¿Y esto ocurre en varios países?

-Sí, esto también es lo que vemos aquí, en Argentina. Hubo un nuncio, que es una especie de diplomático, de embajador del Papa, que se llamó Pío Laghi y fue muy importante aquí. Se supo que tuvo muchas historias de amor con hombres y con personas que ejercían la prostitución. Entonces, hay muchos miembros de la Iglesia que tuvieron una doble vida. Y esto sirve como una suerte de llave para explicar lo que ocurre. Cuando un sacerdote, un cardenal o un obispo es extremadamente homofóbico o está tan obsesionado con la homosexualidad que se muestra contra ella, en la mayoría de los casos es homófilo o gay.

Hay muchos cardenales que llevan una vida normal con sus novios. A veces es un asistente, un guardaespaldas, un secretario o un traductor

-El libro subraya que existe un patrón.

-Sí, es una suerte de regla que se cumple. Cuanto más homofóbico, más probabilidades de que esos sacerdotes sean gays. Si se toma, por el contrario, a algunos cardenales y obispos más abiertos, más "gay-friendly", probablemente no lo sean. Hay varios aquí en Argentina e incluso el Papa Francisco. Obviamente muchos tienen posiciones duras contra el matrimonio gay, ¿por qué no? Estamos en una sociedad plural y democrática. Uno puede estar en contra, ¿por qué no? Pero hay que prestar atención cuando a algunos esto se les vuelve una obsesión.

-¿Cómo analiza, en este sentido, la aparición de una figura como la de Jorge Bergoglio?

-Yo diría que el papa Francisco para mí es una figura compleja. Es argentino, jesuita, peronista. Un día es "gay-friendly", al día siguiente es anti-gay. No es muy claro a veces. Pero también es un hombre mayor, tiene 82 años. No podemos esperar que vaya a la Marcha del Orgullo Gay en Buenos Aires. Es un hombre de otra generación. Pero está en medio de una gran pelea. Lo están atacando mucho, especialmente obispos y cardenales que son muy homofóbicos y de derecha. Y lo denuncian porque para ellos es demasiado "gay-friendly". Para mí o para vos quizá no es suficiente, pero para ellos es es demasiado "gay-friendly". Está a favor de los inmigrantes, contra la pobreza, cercano a la teología de la liberación y demás. Entonces lo atacan y el Papa responde. Dice "ellos son esquizofrénicos, ellos son tan rígidos que llevan una doble vida". Ellos los ataca diciendo que estas personas son sus opuestos, que estos cardenales están viviendo una doble vida, que podrían ser homosexuales en privado y homofóbicos en público".

-Entonces esto proviene de una batalla más amplia.

-Sí, el Papa está en medio de una guerra. Es por esto que quizá se pueda explicar por qué él es a veces un poco cobarde con la cuestión gay. Eso a mí me entristece, yo creo que él debería ser más defensor de los derechos de las personas gay. Pero él no puede, a veces, por estos oponentes de derecha, extremadamente agresivos y homofóbicos. El obispo (Héctor) Aguer, en La Plata, por ejemplo. O en el pasado Pio Laghi, o el cardenal (Leonardo) Sandri, frecuentemente homofóbico. Yo creo que el Papa está en una trampa, creo que ellos tratan de echarlo. En el libro yo explico el contexto de esta batalla internacional.

-Usted celebra que Bergoglio es el primer Papa en usar públicamente la palabra "gay".
-Sí. Es que yo diría que él es alguien muy "gay-friendly" en privado, cuando se trata de una persona. Él tiene empatía con la gente. Pero no es tan "gay-friendly" cuando se trata de movimientos políticos y, por supuesto, se opuso fervientemente al matrimonio gay. Pero creo que terminó siendo un moderado, por ejemplo, en lo que respecta a las uniones civiles.

El papa Francisco para mí es una figura compleja. Es argentino, jesuita, peronista. Un día es “gay-friendly”, al día siguiente es anti-gay. No es muy claro a veces. Pero también es un hombre mayor, tiene 82 años. No podemos esperar que vaya a la Marcha del Orgullo Gay en Buenos Aires. Es un hombre de otra generación. Pero está en medio de una gran pelea. Lo están atacando mucho, especialmente obispos y cardenales que son muy homofóbicos y de derecha

-Sin embargo en el libro cuenta que al principio no le gustaba nada Francisco.

-Es que soy francés (risas) y tengo una visión más secular. Y a él lo veía como un jesuita, que ya es un problema (risas) y peronista. Pero con el tiempo comencé a quererlo. Sobre todo por estas peleas que encarna. Si se mira hacia América latina, por ejemplo, el combate es terrible. En Chile, por ejemplo, con representantes homofóbicos. O el cardenal (Angelo) Sodano, que fue nuncio por mucho tiempo. Toda esta gente es extremadamente homofóbica y al mismo tiempo protegen sistemáticamente a algunos abusadores de menores. Está el triste caso de Marcial Maciel en México, con cientos de chicos abusados entre sus víctimas, que fue protegido por la jerarquía clerical entera, bajo el papado de Juan Pablo II y Benedicto XVI.

-¿Y el resto de América latina?

-Si se mira a Colombia aparece este alocado cardenal Alfonso López Trujillo Él fue un referente de la homofobia, se oponía al sexo antes del matrimonio, se oponía a los divorciados, ¡se oponía a los profilácticos! Yo cuento en el libro que López Trujillo y otros de los personajes mencionados eran gay en su vida privada y tenían enormes cantidades de amantes mientras que presionaba fuertemente a seminaristas y contrataba los servicios de personas que ejercían la prostitución en Medellín y en Roma. Yo entrevisté a sacerdotes que le llevaban taxi-boys. Con todo esto: ¿cómo se puede comportar en público así? Y ese es un ejemplo que ilustra a un montón de personas que actúan igual. Yo no tengo problemas con el hecho de que todos ellos sean o hayan sido homosexuales. Podés tener amantes o lo que sea, pero tiene que ser una situación con consentimiento, entre adultos. Y, al mismo tiempo, creo que no podés ser tan homofóbico en público y llevar esa vida en privado.

-Algunas personas critican este tipo de libros de investigación porque se corre el riesgo de llevar a muchos a unir homosexualidad con pederastía o abusos sexuales. ¿Cómo trabajó para evitar eso?

-Este libro, desde su primera página hasta la última, tiene como propósito separar las dos cosas. Lo que pasa es que en la Iglesia estuvo siempre la confusión. En la Iglesia, en especial durante el papado de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, todos los cardenales llevaron adelante la confusión al decir "la homosexualidad es muy mala". Ellos atacaron la homosexualidad, la denunciaron pero al mismo tiempo nunca hicieron la diferencia entre tener sexo o una relación homosexual entre adultos y mantener una relación sin consentimiento con un menor, o un abuso. Ellos nunca separaron las dos cosas. Entonces, el problema no está en la homosexualidad, el problema aparece cuando esta homosexualidad está tan reprimida, tan en tu contra que odiás lo que sos y mentís sobre tu vida secreta.

Está el triste caso de Marcial Maciel en México, con cientos de chicos abusados entre sus víctimas, que fue protegido por la jeraquía clerical entera, bajo el papado de Juan Pablo II y Benedicto XVI

-En el libro usted señala que para muchos jóvenes, sobre todo en Italia, hacerse sacerdotes fue una buena manera de encontrar un lugar para esconder aquello que vivían en su intimidad. ¿No cree en la fe?
-Claro que no. Yo no los juzgo. Yo siento empatía por todos ellos. Quien lea mi libro no puede decir que el libro es contra la Iglesia. El libro es contra la hipocresía, contra la mentira. Y yo, de alguna manera, estoy a favor de la verdad que propuso el papa Francisco. Él pidió encontrar la razón de los escándalos y las múltiples problemas de la Iglesia. Si sos creyente, tenés que observar la verdad de frente. El celibato falló, la abstinencia no existe para un alto porcentaje de sacerdotes y los sacerdotes tienen una vida sexual. Esto es un hecho. Algunos heterosexuales, otros son homosexuales. Yo creo que tiene que existir la posibilidad de optar.

El libro, sin embargo, tiene su tono irónico, el uso de jerga gay, la descripción de las prendas que usan algunos miembros de la Iglesia, entre otras cosas.
-Sí, pero ¡son datos! Se habla, por ejemplo, del cardenal (Raymond) Burke, un personaje muy homofóbico y misógino. Al mismo tiempo es un tipo que usa unas vestimentas largas muy femeninas y es el enemigo número uno del papa Francisco. Algunos me dicen: "Lo estás caricaturizando". Y yo les digo que no, que él en sí mismo es una caricatura. En todo caso, estoy caricaturizando a una caricatura. Pero son hechos. Si vos querés ser como una mujer, celebro tu elección. Pero yo solamente describo lo que usa.

Si sos creyente, tenés que observar la verdad de frente. El celibato falló, la abstinencia no existe para un alto porcentaje de sacerdotes y los sacerdotes tienen una vida sexual. Esto es un hecho. Algunos heterosexuales, otros son homosexuales. Yo creo que tiene que existir la posibilidad de optar

-¿Qué cree que va a pasar con esta guerra en curso que usted señala dentro del Vaticano? ¿Hacia qué dirección está yendo?
-Como en toda organización, hay tensiones. Y las tensiones en estos momentos también están sobre las mujeres. ¿Por qué no puede haber mujeres en los lugares de los sacerdotes? No hay nada en la Biblia, ni siquiera en el Evangelio, que sostenga esto. A las mujeres se les prohibió ocupar ese lugar mucho después, en la Edad Media. Entonces, ¿por qué la Iglesia es tan misógina? Viví en el Vaticano y es impresionante, no se ven mujeres, ni una mujer, para nada. Los asistentes, los trabajadores son todos varones. A veces vez alguna mujer como mucama, tal vez una inmigrante. Y las esconden como para mostrar que no está bien que haya una mujer ahí. Esto también es un problema. Creo que el papa Francisco está intentando cambiar a la Iglesia pero es un hombre de edad y es difícil. A veces no tiene el coraje, a veces lo atacan mucho y tiene que ser cauto.



Capítulo 5º

EL SÍNODO

Hubo una reacción.
Lorenzo Baldisseri es un hombre flexible y pausado. Y en esa fase de nuestra conversación el cardenal escoge sus palabras aún más lentamente, con una prudencia extrema. Se toma su tiempo antes de decir, a propósito del sínodo sobre la familia:

—Hubo una reacción.

Le oigo tocar el piano. También se toma su tiempo, a diferencia de muchos pianistas, que se embalan. Es pausado cuando interpreta a los compositores que más le gustan, Vittorio Monti, Erik Satie, Claude Debussy o Frédéric Chopin. Y me gusta su ritmo, sobre todo en los fragmentos que mejor le salen, como la Danza española de Enrique Granados o el Ave María de Giulio Caccini.

El cardenal había hecho que le pusieran en su inmenso despacho del Vaticano el piano de media cola que había hecho traer desde Miami, donde lo compró cuando era nuncio en Haití. Es un piano viajero que ha visitado Paraguay, la India y Nepal, y ha vivido nueve años en Brasil.

—Todas las noches toco el piano de ocho a once en este despacho. No puedo dejar de hacerlo. Aquí en el Vaticano me llaman el pianista de Dios —añade con picardía.

Un cardenal que toca el piano solo, por la noche, en este palacio del Vaticano sin un alma: la imagen me encanta. Baldisseri me regala un estuche de tres CD editado por la Librería Editrice Vaticana. El suyo.

—También doy conciertos. He tocado para el papa Benedicto XVI en su residencia veraniega de Castel Gandolfo. Pero ¡es alemán y le gusta Mozart! Yo soy italiano, soy romántico.

Con 78 años, el cardenal pianista, para hacer dedos y no perder destreza, toca todos los días y en todas partes, en el despacho, en su casa o cuando está de vacaciones.

—También he tocado para el papa Francisco. Era todo un reto, porque él no es un gran amante de la música.



Baldisseri es uno de los hombres de confianza de Francisco. Desde su elección, a la que Baldisseri contribuyó como secretario del cónclave, el nuevo papa encargó al obispo italiano que preparase un sínodo extraordinario sobre la familia en 2014-2015, y otro sobre la juventud en 2018. Y le creó cardenal para investirle de la necesaria autoridad.

Un sínodo convocado por el papa es un momento importante para la Iglesia. Esta asamblea de los cardenales y de muchos obispos es la ocasión para debatir cuestiones de fondo y de doctrina. Una de ellas, más sensible que otras, es la familia.

Francisco sabía desde el principio que para que sus ideas tuvieran aceptación no había que desairar a los cardenales rígidos, en su mayoría nombrados por Juan Pablo II y Benedicto XVI. Había que andarse con diplomacia. Baldisseri es un nuncio, formado en la escuela de los diplomáticos (la grande, la de Casaroli y Silvestrini, no la más reciente, y hoy tan denostada, de Sodano y Bertone).

—Trabajé con un espíritu de apertura. Nuestro modelo era el concilio Vaticano II: estimular el debate, apelar a laicos e intelectuales, inaugurar un nuevo método, un nuevo enfoque. Que, por otro lado, era el estilo de Francisco, un papa llegado de Latinoamérica, abierto, accesible, que se comporta como un simple obispo.

¿Era lo bastante experto? ¿Fue imprudente?

—Yo era novato, es cierto. Lo aprendí todo organizando este primer sínodo. No había ningún tabú, ninguna moderación. Todas las cuestiones estaban sobre la mesa. Abiertas. ¡Candentes! Todo estaba sobre la mesa: el celibato de los sacerdotes, la homosexualidad, la comunión de las parejas divorciadas, la ordenación de mujeres… Se abrieron todos los debates a la vez.

Rodeado de un pequeño equipo sensible, alegre y sonriente, algunos de cuyos miembros conocí en los locales del Secretariado del Sínodo (los arzobispos Bruno Forte, Péter Erdöy Fabio Fabene, todos ellos ascendidos después por el papa), Lorenzo Baldisseri construyó una verdadera máquina de guerra al servicio de Francisco.

Desde el principio la banda de Baldisseri trabajó con los cardenales más abiertos y más gay-friendly: el alemán Walter Kasper, cabecilla de los liberales en el Vaticano, que recibió el encargo de escribir el informe preparatorio, el austríaco Christoph Schönborn y el hondureño Óscar Maradiaga, amigo personal del papa.

—Nuestra línea, en el fondo, era la de Kasper. Pero el método era igual de importante. El papa quiso abrir las puertas y las ventanas. El debate tenía que entablarse por doquier, en las conferencias episcopales, en las diócesis, entre los creyentes. El pueblo de Dios debía escoger —me cuenta Baldisseri.

Este método era inédito y suponía una ruptura con Juan Pablo II, que fue el arquetipo de un maníaco del control, o con Benedicto XVI, que evitaba este tipo de debates por principio y por miedo. Francisco pensó que podía dar un vuelco a la situación delegando en la base la preparación del sínodo con una consulta mundial sobre 38 asuntos. Quiso poner en movimiento la Iglesia. Con ello pretendía sobre todo esquivar a la curia y a los cardenales de toda la vida que, acostumbrados a la teocracia absoluta y a la infalibilidad papal, enseguida se dieron cuenta de la jugada.

—Se cambiaron las costumbres, es verdad. El método fue lo que sorprendió —me explica prudentemente el cardenal.

Desde luego la banda de Baldisseri no perdió el tiempo. Confiado, quizá temerario, Walter Kasper anunció públicamente incluso antes del sínodo que las «uniones homosexuales, si se viven de un modo estable y responsable, son respetables». ¿Respetables? La palabra ya era en sí misma una revelación.

Partiendo de esa inmensa consulta de campo, el secretariado del sínodo preparaba un texto preliminar que después discutirían los cardenales.

—Tras el llamamiento al debate las respuestas llegaron en masa, de todas partes, en todos los idiomas. Las conferencias episcopales respondieron, los expertos respondieron, muchos individuos también respondieron —dice Baldisseri con satisfacción.

Rápidamente se formó un grupo de quince sacerdotes para leer todas esas notas, los miles de cartas, un aluvión inesperado, una oleada sin precedentes. También había que examinar las respuestas de las 114 conferencias episcopales y de unas 800 asociaciones católicas, en un sinfín de idiomas. Al mismo tiempo, varios redactores (entre los que había al menos un homosexual al que conocí) escribieron el borrador de un texto que, al cabo de un año, sería la célebre exhortación apostólica Amoris Laetitia.

En este borrador se incluyó adrede esta frase: «Los homosexuales tienen dones y cualidades que pueden ofrecer a la comunidad cristiana». Otra era una referencia explícita al sida: «Sin negar las problemáticas morales relacionadas con las uniones homosexuales, se observan casos en que el apoyo mutuo hasta el sacrificio es una ayuda maravillosa para la vida de la pareja».

—Francisco venía aquí todas las semanas —me cuenta Baldisseri—. Presidía personalmente las sesiones en las que debatíamos propuestas.



¿Por qué optó Francisco por plantear las cuestiones de la familia y la moral sexual? Además de preguntárselo al cardenal Baldisseri y a varios colaboradores suyos, hablé de ello con decenas de cardenales, obispos y nuncios, en Roma y en una treintena de países, contrarios o partidarios de Francisco, defensores del sínodo o refractarios. Estas entrevistas me permiten revelar el plan secreto del papa y describir la batalla inimaginable que no tardaría en estallar entre facciones homosexualizadas de la Iglesia.

Desde el principio de su pontificado el papa previno a la curia contra los escándalos tanto económicos como sexuales: «Todos somos pecadores, pero no todos somos corruptos. Hay que aceptar a los pecadores, pero no a los corruptos». Se propuso denunciar las dobles vidas y preconizó una «tolerancia cero».

Más aún que a los tradicionalistas y a los conservadores, Francisco detestaba, como hemos visto, a los rígidos hipócritas. ¿Por qué seguir oponiéndose al sacramento para los divorciados vueltos a casar cuando hay tantos curas que viven en concubinato con una mujer en Latinoamérica y África? ¿Por qué seguir odiando a los homosexuales cuando son tan mayoritarios entre los cardenales y, alrededor del papa, en el Vaticano? ¿Cómo reformar la curia, enredada en la negación y la mentira, cuando un número insensato de cardenales y la mayoría de los secretarios de Estado desde 1980 tienen prácticas contrarias a la moral católica (tres de cada cuatro, según sus informaciones)? Si ha llegado el momento de hacer limpieza, como suele decirse, ¿por dónde empezar, si la Iglesia está al borde del abismo a causa de su obsolescencia programada?

Oyendo a sus oponentes, esos cardenales rígidos que encadenan declaraciones conservadoras y homófobas y publican textos contra el liberalismo sexual —los Raymond Burke, Carlo Caffarra, Joachim Meisner, Gerhard Ludwig Müller, Walter Brandmüller, Mauro Piacenza, Velasio De Paolis, Tarcisio Bertone, George Pell, Angelo Bagnasco, Antonio Cañizares, Kurt Koch, Paul Josef Cordes, Willem Eijk, Joseph Levada, Marc Ouellet, Antonio Rouco Varela, Juan Luis Cipriani, Juan Sandoval Íñiguez, Norberto Rivera, Javier Errázuriz, Angelo Scola, Camillo Ruini, Robert Sarah y tantos otros—, Francisco no sale de su asombro. ¿Cómo se atreven?, piensa el santo padre. Sus allegados le han informado muy bien acerca de esa increíble parroquia.

Francisco, sobre todo, está exasperado por los casos de abusos sexuales que gangrenan a miles —a decenas de miles, en realidad— la Iglesia católica en todo el mundo. Cada semana se interponen nuevas denuncias, se señala o procesa a obispos, se condena a curas, y unos escándalos suceden a otros. En más del 80 % de los casos se trata de abusos homosexuales, pocas veces son heterosexuales.

En Latinoamérica los episcopados han sido muy criticados por la prensa, que afirmó que a menudo habían minimizado los hechos, ya sea en México (Norberto Rivera y Juan Sandoval Íñiguez) o en Perú (Juan Luis Cipriani). En Chile el escándalo es tan mayúsculo que todos los obispos del país han tenido que dimitir, mientras se señala a la mayoría de los nuncios y prelados, empezando por los cardenales Javier Errázuriz y Ricardo Ezzati son cuestionados por ignorar las denuncias de abusos sexuales. De hecho, la justicia chilena presentó en agosto de 2018 querella contra ambos por encubrimiento de abusos. En todas partes la Iglesia ha sido criticada por su modo de encarar los abusos: en Austria (Hans Hermann Groër), en Escocia e Irlanda (Keith O’Brien, Sean Brady), en Francia (Philippe Barbarin), en Bélgica (Godfried Danneels) y así sucesivamente, en Estados Unidos, en Alemania, etcétera. En Australia el «ministro de Economía» del Vaticano, George Pell, ya ha sido condenado en Melbourne. Los nombres de docenas de cardenales han aparecido en la prensa, muchos de ellos convocados por la justicia bajo la acusación de haber encubierto, por inercia o hipocresía, las fechorías sexuales cometidas por sacerdotes, cuando no se les acusa a ellos mismos de tales actos. Incluso en Italia se suceden escándalos de esta naturaleza en los que están implicados docenas de obispos y varios cardenales, aunque la prensa de la península todavía es extrañamente reacia a revelarlos. Pero el papa y sus afines saben que el dique no tardará en reventar también en Italia.

Durante una conversación informal en Roma, el cardenal Marc Ouellet, prefecto de la Congregación para los Obispos, me describe la difusión inimaginable de los escándalos de abusos sexuales. El hombre es un experto en doble lenguaje: un ratzingueriano que se hace pasar por defensor del papa Francisco. Sin embargo, las cifras que el quebequés repite ante mí son una locura. Describe una Iglesia literalmente a punto de estallar. A su juicio todas las parroquias del mundo, todas las conferencias episcopales, todas las diócesis están mancilladas. El panorama que me describe Ouellet es terrorífico: la Iglesia parece un Titanic a punto de hundirse mientras la orquesta sigue tocando. «Es imparable», me dirá, con cara de espanto, uno de los colaboradores gais de Ouellet con quien también me entrevisté. (En otro memorando monseñor Viganò denunciará el entorno homosexual de Marc Ouellet.)

Por tanto, en materia de abusos sexuales, Francisco no tiene intención de cerrar los ojos, como hicieron durante demasiado tiempo Juan Pablo II y sus lugartenientes Angelo Sodano y Stanislaw Dziwisz, ni de ser indulgente, que fue la tendencia de Benedicto XVI. Al menos eso es lo que pregona.

Su análisis, sobre todo, difiere del de Joseph Ratzinger y su adjunto el cardenal Tarcisio Bertone, para quienes este asunto era un problema intrínsecamente homosexual. Según los expertos del Vaticano y las confesiones de dos de sus colaboradores cercanos con quienes hablé, el papa Francisco, por el contrario, pensaba que la causa profunda de los abusos sexuales estaba en la «rigidez» de la fachada que oculta una doble vida y, lamentablemente, quizá también en el celibato de los sacerdotes. El santo padre pensaba que los cardenales y obispos que encubren los abusos sexuales no lo hacen tanto para proteger a los pedófilos como porque tienen miedo. Temen que si estalla un escándalo o se entabla un proceso sadrán a relucir sus inclinaciones homosexuales. De modo que podemos formular así otra regla de Sodoma, la sexta y una de las más esenciales de este libro:

En la mayoría de los casos de abusos sexuales aparecen sacerdotes u obispos que han protegido a los agresores debido a su propia homosexualidad y por miedo a que esta saliera a relucir si estallaba el escándalo. La cultura del secreto, que era necesaria para guardar silencio sobre la fuerte prevalencia de la homosexualidad en la Iglesia, ha propiciado el ocultamiento de los abusos sexuales y la actuación de los depredadores.

Por todos estos motivos Francisco comprendió que los abusos sexuales no son un epifenómeno y menos aún meras «habladurías», como los calificaba el cardenal Angelo Sodano: es la crisis más grave que enfrenta la institución después del gran cisma. El papa sospecha incluso que la historia no ha hecho más que empezar. En el tiempo de las redes sociales y el Vatileaks, de la liberación de la palabra y la judicialización de las sociedades modernas —por no hablar del efecto Spotlight—, la Iglesia es una Torre de Pisa que amenaza con derrumbarse. Es preciso reconstruirlo todo, cambiarlo todo, so pena de que la religión desaparezca.

Esa era la filosofía que inspiraba el sínodo de 2014.



Francisco, por tanto, se decidió a hablar. Empezó a denunciar (¡y de forma sistemática!) en las misas matinales de Santa Marta, en conferencias de prensa improvisadas en aviones o con motivo de viajes simbólicos, la hipocresía de las «vidas ocultas y a menudo disolutas» de los miembros de la curia romana.

Ya había enumerado las 15 «enfermedades curiales»: sin nombrarles, señaló a los cardenales y obispos romanos que padecían «alzhéimer espiritual»; criticó su «esquizofrenia espiritual», su «maledicencia», su «corrupción» y el tren de vida de esos «obispos de aeropuertos». Por primera vez en la historia de la Iglesia, las críticas no procedían de los enemigos del catolicismo, de los panfletarios volterianos y otros «catolicófobos», sino del santo padre en persona. Un dato crucial para comprender el alcance de la «revolución» Francisco.

El papa también quiere pasar a la acción. Quiere «derribar un muro», en palabras de uno de sus colaboradores. Y lo hará con símbolos, con hechos y con la herramienta del cónclave. Empieza borrando de un plumazo, en la lista de futuros cardenales, a todos los arzobispos, nuncios y obispos envueltos en situaciones escabrosas durante los papados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. El palacio de Castel Gandolfo, la residencia veraniega del papa cuyas movidas veladas durante el papado de Juan Pablo II han llegado a oídos de Francisco, se abrirá a los turistas y, en última instancia, será vendido. Sobre la cuestión homosexual emprende una larga tarea pedagógica. En este caso se trata de distinguir, de una manera nueva y fundamental para la Iglesia, entre crímenes como la pedofilia, los abusos o las agresiones a menores de quince años, así como los actos cometidos sin consentimiento o en situaciones de prevalencia de autoridad (catecismo, confesión, seminarios, etcétera.), y las prácticas homosexuales legales entre adultos que consienten. También pasa página en el debate sobre el preservativo poniendo el acento en «la obligación de tener cuidado».

Pero ¿qué hacer ante la crisis de vocaciones, por no hablar de esos cientos de curas que todos los años piden ser reducidos al estado laico para poder casarse? ¿No habrá llegado el momento de reflexionar sobre los retos futuros, sobre asuntos postergados durante demasiado tiempo, y salir de la teoría para hacer frente a situaciones concretas? Ese es el sentido de sínodo. El papa sabe que en este terreno debe andarse con pies de plomo.

—Francisco vio el obstáculo. Su función le colocaba en una posición de responsabilidad, de gobierno. Por eso se tomó su tiempo, escuchó todos los puntos de vista —me explica el cardenal Lorenzo Baldisseri.

Los textos que llegan de los episcopados son sorprendentes. Los primeros, que se hacen públicos en Alemania, Suiza y Austria, son demoledores para la Iglesia: el catolicismo romano está desconectado de la vida real, la doctrina ya no tiene ningún sentido para millones de familias recompuestas, los fieles no entienden en absoluto la postura de Roma sobre la contracepción, el preservativo, las uniones libres, el celibato de los sacerdotes y, una parte de ellos, su postura sobre la homosexualidad.

El «cerebro» del sínodo, el cardenal Walter Kasper, que sigue de cerca el debate alemán, se alegra de que sus ideas acaben revalidándose. ¿Está demasiado seguro de sí mismo? ¿El papa confía demasiado en él? El caso es que el texto preparatorio adopta la línea de Kasper y propone replantearse la posición de la Iglesia sobre los sacramentos a los divorciados y sobre la homosexualidad. El Vaticano está dispuesto a reconocer las «cualidades» del concubinato de los jóvenes, de los divorciados que vuelven a casarse y de las uniones civiles homosexuales.

Es entonces cuando, según la púdica expresión de Baldisseri, se produce una «reacción». Al hacerse público, el texto concita las críticas del ala conservadora del colegio cardenalicio, con el estadounidense Raymond Burke a la cabeza, que no se hacen esperar.

Los tradicionalistas se ponen de uñas contra los documentos distribuidos y algunos, como el cardenal surafricano Wilfrid Napier, no dudan en afirmar que, si se reconociera a las personas en «situaciones irregulares», se acabaría inevitablemente legitimando la poligamia. Otros cardenales africanos y brasileños alertan al papa, por motivos estratégicos, sobre los riesgos de relajar las posiciones de la Iglesia, dada la competencia de los movimientos evangelistas protestantes, muy conservadores, que tienen el viento en popa.

Todos estos prelados se declaran, eso sí, abiertos al debate y dispuestos a añadir notas a pie de página y codicilos donde haga falta. Pero su mantra secreto no es otro que la célebre frase, mil veces citada, del príncipe de Lampedusa en El Gatopardo: «Hay que cambiarlo todo para que todo siga igual». No en vano Francisco denunciará, sin nombrarles, a los «corazones petrificados» que «quieren que todo siga como antes».

Discretamente, cinco cardenales utraconservadores (los «sospechosos habituales» Raymond Burke, Gerhard Ludwig Müller, Carlo Caffarra, Walter Brandmüller y Velasio De Paolis) escriben un libro colectivo en defensa del matrimonio tradicional publicado en Estados Unidos por la editorial católica Ignatius. Pretenden repartirlo entre todos los asistentes al sínodo, pero Baldisseri requisa el panfleto. El ala conservadora pone el grito en el cielo ante lo que considera censura. El sínodo ya va camino de convertirse en una farsa.

Desde la primera asamblea, los puntos litigiosos sobre la comunión de los divorciados y la homosexualidad dan lugar a agrios debates que obligan al papa a rectificar. Durante varios días el documento se modifica, se edulcora, y la posición sobre la homosexualidad se endurece mucho. Pese a todo, los padres sinodales, en la votación final, también rechazan esta versión corregida.

La reacción contra el texto es tan fuerte, tan dura, que pone en evidencia un ataque al propio papa a través de ella. Una parte del colegio cardenalicio rechaza su método, su estilo y sus ideas. Los más «rígidos», los más tradicionales, los más misóginos se rebelan. ¿Son los que tienen la «inclinación» más fuerte? No deja de ser significativo que esta guerra entre conservadores y liberales se librara, con frente invertido, sobre la cuestión gay. Por tanto, si se quiere entender es preciso ser contraintuitivos. Aún más significativo es el hecho de que varios cabecillas de la facción anti-Francisco lleven una doble vida. Estos homosexuales disimulados, llenos de contradicciones y de homofobia interiorizada, ¿se indignan por odio a sí mismos o por miedo a ser descubiertos? La reacción contra el santo padre es tan fuerte porque ha atacado su talón de Aquiles: su vida íntima, disimulada tras un exceso de conservadurismo.

Es lo que James Alison, sacerdote inglés abiertamente gay, muy respetado por sus escritos teológicos sobre el tema, resume con una frase más sutil de lo que parece las veces que hablo con él en Madrid:

—¡Es la venganza del armario! ¡La venganza del armario!

El padre Alison resume a su manera la situación: los cardenales homosexuales «dentro del armario» han declarado la guerra a Francisco por animar a los gais a «salir del armario».

Luigi Gioia, un fraile benedictino italiano que fue uno de los responsables de la universidad benedictina Sant’Anselmo de Roma, me proporciona otra clave de lo que pasó en Roma:

—Para un homosexual, la Iglesia es una estructura estable. Este es uno de los motivos que explica, a mi entender, el que muchos homosexuales hayan optado por el sacerdocio. Pues bien, cuando necesitas esconderte también necesitas, para sentirte seguro, que lo que te rodea no se mueva. Quieres que la estructura donde te has refugiado sea estable y protectora, y entonces sabes cómo manejarte en su interior. Pero Francisco, al querer reformarla, ha hecho que la estructura se tambalee, lo que ha alertado a los curas homosexuales. Eso explica la violenta reacción que han tenido estos, y su odio al papa. Tienen miedo.

Por su parte, el principal artífice y testigo del sínodo, el cardenal Baldisseri, resume de un modo más condensado la situación después de la batalla:

—Hubo acuerdo sobre todo salvo sobre los tres puntos sensibles.

En realidad había una mayoría «liberal», pero no se alcanzó el cuórum de dos tercios necesario para aprobar los artículos controvertidos. De modo que, de los 62 apartados presentados, se rechazaron tres, los más emblemáticos. Al papa le faltó cuórum. El proyecto revolucionario de Francisco sobre la familia y la homosexualidad pasó a la historia.

 Francisco perdió una batalla pero no perdió la guerra. Decir que su fracaso en el sínodo le dejó disgustado es quedarse corto. Este hombre autoritario pero franco estaba muy contrariado por la obstrucción montada por los cardenales conservadores de la curia. Su hipocresía, su doble juego y su ingratitud le indignaban. Las maniobras entre bastidores, el complot, el método expresamente contrario a las leyes de la curia, ya se pasaban de la raya. A sus colaboradores Francisco les dio a entender, en privado, que no tenía intención de ceder. Iba a pelear y pasar a la contraofensiva.

—Es un testarudo. Un testarudo obstinado —me dice un monsignore que le conoce bien.

La reacción del soberano pontífice tuvo varias etapas. Para empezar, podía preparar otro sínodo, previsto para el año siguiente, de modo que le diera tiempo a organizarlo. Luego, a finales de 2014, decidió lanzar una campaña de gran amplitud en defensa de sus propuestas para ganar la batalla de las ideas. Quiso transformar una derrota en victoria.

Esta guerra fue en gran medida secreta, a diferencia de la anterior, que pretendía ser participativa y consultiva. ¡Francisco, tras caer en la trampa de la democratización, hará que sus oponentes se enteren de lo que es un monarca absoluto en una teocracia cesarista!

—Francisco es rencoroso. Es vengativo. Es autoritario. Es un jesuita: ¡no da su brazo a torcer! —resume un nuncio al que el papa no le cae nada bien.

Francisco tenía tres recursos eficaces para salirse con la suya. A corto plazo podía tratar de fomentar un debate más moderno en todo el mundo, movilizando a los episcopados y a las opiniones públicas católicas: esa fue la nueva misión que encomendó a Baldisseri y su equipo. A medio plazo, sancionar a los cardenales que le habían humillado, empezando por

Gerhard Ludwig Müller, el responsable de la doctrina de la Iglesia. A largo plazo, alterar la composición del colegio cardenalicio creando nuevos obispos favorables a sus reformas y, teniendo en cuenta el límite de edad, ir quitándose de encima a su oposición, como quien no quiere la cosa. Esa era el arma suprema, que solo estaba al alcance del sumo pontífice.

Maniobrero y ladino, Francisco pasó a la ofensiva recurriendo a las tres técnicas a la vez con una rapidez y, al decir de sus adversarios, una vehemencia inaudita.

Comenzó la labor de «preparación» del segundo sínodo, previsto para octubre de 2015. En realidad, lo que se puso en marcha en los cinco continentes fue una auténtica máquina de guerra. Los nuncios, los aliados, los cardenales amigos, todos fueron movilizados. Era Enrique V en vísperas de la batalla de Azincourt. Francisco tenía un reino por teatro: «No somos un tirano, sino un rey de Cristo, a cuya gracia está tan sometida nuestra cólera como nuestra indulgencia». Indulgencia, hay; cólera, mucha más.



Pude seguir esta ofensiva en muchos países, donde comprobé cómo los episcopados se dividieron en dos bandos irreconciliables, cosa que ocurrió, por ejemplo, en Argentina, Uruguay, Brasil y Estados Unidos. La batalla fue dura.

De entrada, en Argentina. Aquí el papa movilizó a sus amigos en la retaguardia. El teólogo Víctor Manuel Fernández, un íntimo de Francisco y uno de sus ghostwriters («escritores fantasma», expresión que hace referencia a los «negros» literarios), hace poco ascendido a obispo, salió súbitamente de su reserva. En una larga entrevista para el Corriere della Sera (mayo de 2015) arremetía contra el ala conservadora de la curia y, sin nombrarlo, contra el cardenal Müller: «El papa va despacio porque quiere estar seguro de que no podrá dar marcha atrás. Se ha propuesto introducir reformas irreversibles… Y no está solo, en absoluto. La gente [los fieles] está con él. Sus adversarios son más débiles de lo que piensan… Por otro lado, es imposible que el papa le guste a todo el mundo. ¿Les gustaba a todos Benedicto XVI?». Es una «declaración de guerra» al ala ratzingueriana de la curia.

No lejos de Buenos Aires, en Uruguay, el arzobispo «bergogliano» de Montevideo, Daniel Sturla, también dio un inesperado paso al frente, pronunciándose sobre la cuestión homosexual. Después hizo pública una contribución sobre la cuestión gay en el sínodo.

—Aún no conocía al papa Francisco. Me activé espontáneamente, porque los tiempos han cambiado y aquí, en Montevideo, se había vuelto imposible no compadecerse de los homosexuales. ¿Y sabe qué? Aquí nadie censuró mis posiciones favorables a los gais. Creo que la sociedad está evolucionando por doquier y eso ayuda a la Iglesia a avanzar en este terreno. Entonces todos descubren que la homosexualidad es un fenómeno muy amplio, también dentro de la Iglesia —me dice Sturla en una larga conversación que mantuvimos en su despacho de Montevideo. (El papa Francisco lo proclamó cardenal en 2015.)

Otro amigo del santo padre que se volcó fue el cardenal hondureño Óscar Maradiaga. Coordinador del C9, el consejo de nueve cardenales creado por Francisco, el arzobispo viajó por todas las capitales latinoamericanas, acumulando «miles» en su tarjeta Platinum. En todas partes este «obispo de los aeropuertos» divulgó el pensamiento de Francisco en público y su estrategia en petit comité para ganar apoyos, informar al papa sobre sus oponentes y preparar los planes de batalla. (En 2017 el arzobispado de Óscar Madariaga fue objeto de acusaciones por un caso de corrupción financiera, uno de cuyos beneficiarios fue su adjunto y amigo íntimo, un obispo auxiliar, sospechoso según la prensa de graves «conductas indebidas y conexiones homosexuales», que finalmente presentó su dimision en 2018. En su Testimonianza monseñor Viganò también juzga severamente a Madariaga a propósito de su intento de proteger a los acusados de los abusos homosexuales. Hoy por hoy el caso está en fase de instrucción y los prelados investigados aún se encuentran bajo presunción de inocencia.)

En Brasil, un gran país católico (el más importante del mundo, con una comunidad de unos 135 millones de fieles y diez cardenales que ejercen una influencia notable en el sínodo), el papa se apoyó en sus más afines: el cardenal Cláudio Hummes, arzobispo emérito de São Paulo; el cardenal João Bráz de Aviz, exarzobispo de Brasilia; y el nuevo arzobispo de la capital brasileña, Sérgio da Rocha, que tuvo un papel crucial en el sínodo y poco después fue recompensado por el papa con el cardenalato. Francisco les encargó que aislaran al ala conservadora, capitaneada por un cardenal antigay, el arzobispo de São Paulo Odilo Scherer, próximo al papa Benedicto XVI. La pugna tradicional entre Hummes y Scherer, que definía las relaciones de fuerza dentro del episcopado brasileño, se recrudeció en esta ocasión. Más tarde, cuando Francisco elevó a la púrpura a Sérgio da Rocha, sancionó además a Scherer, y le excluyó de la curia sin previo aviso.

Una tensión recurrente que me resume Frei Betto, el famoso dominico e intelectual brasileño, simpatizante del expresidente Lula y una de las figuras señeras de la teología de la liberación:

—Hummes es un cardenal progresista que siempre ha defendido las causas sociales. Es amigo del papa Francisco, con quien puede contar. El cardenal Scherer, en cambio, es un hombre limitado y un conservador que no tiene ninguna fibra social. Es muy tradicionalista —me confirma Betto durante una charla en Río de Janeiro.

Cuando le entrevisto, el cardenal Scherer me da una impresión mucho mejor. Afable y algo pícaro, me recibe en camisa azul celeste con una pluma Montblanc que asoma, blanca y negra, de su bolsillo, en su magnífico despacho del arzobispado de São Paulo. Allí, durante una extensa entrevista, se esfuerza por quitar hierro a las tensiones internas de la Iglesia brasileña, de la que es el máximo dignatario:

—Tenemos un papa, uno solo: Francisco. No tenemos dos, aunque haya un papa emérito. A veces lo que dice Francisco no les gusta a algunos y entonces se inclinan por Benedicto XVI; a otros no les gusta Benedicto y cierran filas con Francisco. Cada papa tiene su propio carisma, su personalidad. Un papa completa al otro. Juntos contribuyen a dar una visión equilibrada de la Iglesia. No hay que soliviantar a un papa contra el otro.

Estados Unidos era otro país decisivo, pues contaba con 17 cardenales, diez de los cuales eran electores. Extraño mundo, a fin de cuentas, que Francisco conocía mal y donde abundaban los cardenales rígidos con doble vida. Al no poder confiar en el presidente de la Conferencia Episcopal Estadounidense, el presunto liberal Daniel DiNardo (un oportunista ratzingueriano cuando estaba Ratzinger y bergogliano con Francisco), el papa, para su desconcierto, se dio cuenta de que tenía pocos aliados en ese país. Entonces optó por apoyarse en tres obispos gay-friendly poco conocidos: Blase Cupich, favorable a las parejas homosexuales, a quien acababa de nombrar arzobispo de Chicago; el voluble Joseph Tobin, arzobispo de Indianápolis y hoy de Newark, donde ha acogido a homosexuales casados y a católicos activistas LGBT; y Robert McElroy, un cura liberal y progay de San Francisco.

Estos tres apoyos de Francisco en Estados Unidos hicieron un trabajo incansable de cara al sínodo; en 2016 los dos primeros fueron recompensados con la púrpura y McElroy fue nombrado obispo de San Diego durante los debates.

En España, Francia, Alemania, Austria, Países Bajos, Suiza y Bélgica, Francisco también buscó aliados y se acercó a los cardenales más liberales como el alemán Reinhard Marx, el austríaco gay-friendly Christoph Schönborn y el español Juan José Omella y Omella (a quien nombraría poco después arzobispo de Barcelona y a renglón seguido cardenal). En una entrevista del periódico Die Zeit el papa también lanzó una idea destinada a tener un brillante futuro: la ordenación de los famosos viri probati. En vez de proponer la ordenación de mujeres o el fin del celibato de los seminaristas —casus belli para los conservadores—, Francisco se propuso ordenar a hombres católicos casados de edad madura como un modo de paliar la crisis de vocaciones, frenar la homosexualidad en la Iglesia y tratar de frenar los casos de abusos sexuales.

Al abrir este debate el papa puso a los conservadores contra las cuerdas. Les «arrinconó», según dice un cura que trabajó para el sínodo, y les hizo ver que eran minoritarios en su propio país.

El papa habló claro ya en 2014: «Para la mayoría de la gente, la familia [tal como la concebía Juan Pablo II a principios de los años ochenta] ya no existe. Hay divorcios, familias arcoíris, familias monoparentales, el fenómeno de la gestión para otros, las parejas sin niños, las uniones del mismo sexo… La doctrina tradicional, desde luego, permanecerá, pero los retos pastorales requieren respuestas contemporáneas que ya no pueden venir del autoritarismo ni del moralismo». (Fue el cardenal de Honduras, Óscar Maradiaga, amigo personal de Francisco, quien se hizo eco de estas palabras audaces y no desmentidas por el papa.)

Por tanto, entre los dos sínodos, el de 2014 y el de 2015, la batalla entre liberales y conservadores ganó en amplitud y se extendió a todos los episcopados, mientras Francisco continuaba con su política de pequeños pasos.

—No hay que simplificar el debate —relativiza, sin embargo, Romilda Ferrauto, una periodista de Radio Vaticano que participó en ambos sínodos—. Hubo verdaderos debates que caldearon el ambiente vaticano. Pero no estaban los liberales a un lado y los conservadores al otro. No había una clara línea de fractura entre izquierda y derecha, sino muchos más matices, más diálogos. Algunos cardenales pueden estar de acuerdo con el santo padre sobre la reforma financiera, pero no sobre la moral, por ejemplo. La prensa ha presentado al papa Francisco como un progresista, pero eso tampoco es exacto: es un misericordioso. Tiene una actitud pastoral, tiende la mano al pecador, que no es lo mismo, ni mucho menos.



Más allá de los cardenales movilizados por todo el mundo y en la curia, que se movían en orden disperso, el equipo del papa también se interesó por los intelectuales. Estos influencers, pensaba la banda de Baldisseri, serían vitales para el éxito del sínodo. De modo que prepararon un gran plan secreto de comunicación.

Entre bastidores, un jesuita influyente, el padre Antonio Spadaro, director de La Civiltà Cattolica, se encargó de organizar este frente

—No somos una revista oficial, pero la Secretaría de Estado relee todos nuestros artículos y el papa los «certifica». Puede decirse que es una revista autorizada, semioficial —me dice Spadaro en una oficina romana.

¡Y menuda oficina! La Villa Malta, en Vía di Porta Pinciana, sede de la revista, es un lugar magnífico del barrio de la Villa Medici y el Palazzo Borghese.

Antonio Spadaro, con quien me entrevisté y cené seis veces, siempre bajo los efectos de la cafeína y el jet lag, es el pez piloto del papa. Es un teólogo y además un intelectual, como no hay muchos hoy en el Vaticano. Su cercanía con Francisco provoca envidias. Dicen que es una de sus eminencias grises y en todo caso uno de sus consejeros oficiales. Joven, dinámico, encantador: Spadaro me impresiona. Sus ideas brotan con una rapidez y una inteligencia evidente. El jesuita se interesa por todas las culturas y ante todo por la literatura. Tiene en su activo varios libros, como un ensayo premonitorio sobre la ciberteología y dos libros biográficos sobre el escritor italiano, católico y homosexual muerto de sida a los 36 años Pier Vittorio Tondelli.

—Me interesa todo, hasta el rock —me dice Spadaro durante una cena en París.

Con Francisco la revista jesuita se ha convertido en un espacio de experimentación donde se ponen a prueba todas las ideas y se entablan debates. En 2013 Spadaro publicó la primera entrevista larga con el papa Francisco recién elegido. Fue todo un hito:

—Pasamos tres tardes juntos para esta entrevista. Me sorprendió su apertura mental, su sentido del diálogo.

Este texto famoso anuncia, en cierta medida, la hoja de ruta del futuro sínodo. Francisco expone sus ideas, innovadoras, y su método. Sobre los asuntos sensibles de la moral sexual y el sacramento de las parejas divorciadas se declara a favor del debate colegiado y descentralizado. En esta entrevista Francisco también desarrolla por primera vez sus ideas sobre la homosexualidad. Spadaro plantea sin rodeos la cuestión gay y acorrala a Francisco, obligándole a esbozar una verdadera visión cristiana de la homosexualidad. El papa pide que se acompañe a los homosexuales «con misericordia», propone una pastoral para las «situaciones irregulares» y los «heridos sociales» que se sienten «condenados por la Iglesia». Nunca un papa había sentido tanta empatía y, digamos la palabra, tanta fraternidad por los homosexuales. ¡Era un verdadero giro copernicano! Y esta vez sus palabras no fueron una improvisación, como quizá lo fuera su célebre frase «¿Quién soy yo para juzgar?». La entrevista fue releída atentamente y se sopesaron todos sus términos (como me confirma Spadaro).

Sin embargo, para Francisco lo más importante es lograr que la Iglesia deje atrás los asuntos espinosos que dividen a los creyentes y se centre en lo que de verdad importa: los pobres, los migrantes y la miseria. «No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible… no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar», dice el papa.

Más allá de esta entrevista decisiva, Antonio Spadaro recurrió a sus contactos internacionales, muy numerosos, para que respaldaran la posición del papa sobre la familia. Fue así como se publicaron en 2015, en la revista La Civiltà Cattolica, puntos de vista y entrevistas favorables a las ideas de Francisco. Spadaro o el secretariado del sínodo también se pusieron en contacto con otros expertos, como los teólogos italianos Maurizio Gronchi y Paolo Gamberini, y los franceses Jean-Miguel Garrigues (amigo del cardenal Schönborn) o Antoine Guggenheim. Este último salió inesperadamente en defensa de las uniones homosexuales en el diario católico francés La Croix: «Creo que el reconocimiento de un amor fiel y duradero entre dos personas homosexuales, sea cual sea su grado de castidad, es una hipótesis que merece ser estudiada. Podría tener la forma que la Iglesia da habitualmente a su plegaria: una bendición».

Durante un viaje del primer periodo a Brasil, Spadaro también conoció a un sacerdote progay, jesuita como él, Luís Corrêa Lima. Tuvieron una larga conversación en la residencia de la Compañía de Jesús de la Universidad Católica de Río de Janeiro sobre las «pastorales a favor de los homosexuales» que organizaba el padre Lima. Seducido por esta idea, Spadaro le encargó a Lima un artículo para La Civiltà Cattolica, que al final no se publicó.

(Además de con Baldisseri, Kasper y Spadaro, hablé con Antoine Guggenheim y Jean-Miguel Garrigues, que me confirmaron la estrategia global. También me reuní con el padre Lima en Río de Janeiro y visité con él la favela de Rocinha, donde celebra misa los domingos, y el local donde tienen lugar esas «pastorales» LGBT.)



Otro intelectual de alto nivel siguió los debates previos al sínodo con mucha atención. Este dominico italiano, también teólogo, discreto y fiel, reside en el convento parisino de Saint-Jacques, anexo a la famosa biblioteca de Saulchoir.

El hermano Adriano Oliva es un reconocido historiador medievalista, un curtido latinista, doctor en teología. Y sobre todo es uno de los mejores especialistas mundiales en santo Tomás de Aquino. Preside la famosa Comisión Leonina, encargada de la edición crítica de las obras del pensador medieval. Una autoridad en la materia.

Entonces ¿por qué Oliva se activó inopinadamente a comienzos de 2015 y emprendió la escritura de un libro arriesgado a favor de los divorciados que se casan de nuevo y de la bendición de los matrimonios homosexuales? ¿Sería que el dominico italiano atendió la recomendación, salida directamente del secretariado del sínodo, cuando no del mismo papa, de aparcar todas sus tareas para intervenir en el debate?

Santo Tomás de Aquino, como es sabido, es la autoridad en que se apoyan los conservadores para negarles todos los sacramentos a los divorciados y a las parejas homosexuales. Por eso, abordar este asunto frontalmente es arriesgado, atrevido, pero también estratégico. El libro, que no tardó en publicarse, se titula Amours [Amores].

Es difícil encontrar hoy libros tan valientes como este. Aunque Amours es erudito y exegético y está reservado a especialistas, en sus escasas 160 páginas hace una crítica implacable de la ideología moralizante vaticana, de Juan Pablo II a Benedicto XVI. El hermano Oliva parte de una doble quiebra doctrinal de la Iglesia: la contradicción de su postura sobre los divorciados vueltos a casar y el atolladero en que se ha metido con la homosexualidad. Su planteamiento es claro: «La finalidad del presente estudio es mostrar que un cambio aconsejable del Magisterio en lo que concierne a la homosexualidad y el ejercicio de la sexualidad por parte de las parejas homosexuales correspondería no solo a los estudios antropológicos, teológicos y exegéticos actuales, sino también a los desarrollos de una tradición teológica, en especial tomista».

El dominico critica la interpretación dominante del pensamiento de santo Tomás de Aquino: se sitúa en el centro de la doctrina, no al margen. Oliva: «Se suele considerar “contra natura” no solo la sodomía, sino también la inclinación homosexual. Santo Tomás, encambio, considera esta relación “conforme a la naturaleza” de la persona homosexual tomada en su individualidad». El teólogo se apoya en la «intuición genial» del Doctor Angélico: lo «”contra natura” natural», que puede explicar el origen de la homosexualidad. Y Oliva, en esto casi darwiniano, señala que «santo Tomás sitúa en el nivel de los principios naturales de la especie el origen de la homosexualidad».

Según santo Tomás, el hombre, con todas sus irregularidades y singularidades, forma parte del designio divino. La inclinación homosexual no es contra natura, sino que procede del alma racional. Según Oliva: «La homosexualidad no implica ninguna ilicitud, en cuanto a su principio, connatural al individuo y arraigada en lo que le anima como ser humano, y en cuanto a su fin, amar a otra persona, que es un buen fin». Oliva concluye con un llamamiento «a acoger personas homosexuales en el seno de la Iglesia y no en sus márgenes».

Varios cardenales y obispos y muchos curas me han dicho que tras la lectura de Amours su visión de santo Tomás de Aquino había cambiado y que la prohibición de la homosexualidad quedaba definitivamente levantada. Algunos, tanto fieles como jerarcas, llegaron a decirme que el libro tuvo sobre ellos el mismo efecto que el Corydon de Gide, y de hecho Adriano Oliva termina su texto con una alusión a Si la semilla no muere de André Gide. (Pese a mi insistencia, el hermano Oliva rehusó comentar la génesis de su libro y hablar de sus vínculos con Roma. Su editor, Jean-François Colosimo, de las Éditions du Cerf, fue más elocuente, lo mismo que el equipo del cardenal Baldisseri, quien confirmó el «encargo de análisis a expertos» como el hermano Oliva. Por último, me confirmaron que Baldisseri, Bruno Forte y Fabio Fabene [o sea, los principales artífices del sínodo] habían recibido a Adriano Oliva en el Vaticano.)

Como cabía esperar, el libro no pasó inadvertido en los ambientes tomistas, donde tuvo el efecto de una bomba de fragmentación. La polémica soliviantó a los círculos católicos más ortodoxos, ya que para más inri el ataque venía de dentro, firmado por un sacerdote difícil de refutar, tomista entre los tomistas. Cinco dominicos del Angelicum, la universidad pontificia San Tommaso d’Aquino de Roma, publicaron deprisa y corriendo una respuesta severa (también esquizofrénica, ya que algunos de ellos eran homófilos). Otros militantes «identitarios», a su vez, arremetieron contra el audaz sacerdote por haber convertido a santo Tomás en gay-friendly. La extrema derecha católica se soltó el pelo en sus páginas web y blogs.

Apoyado intelectualmente por el maestre de los dominicos, orden a la que pertenece, el hermano Oliva también fue blanco de duros ataques, esta vez académicos, en varias revistas tomistas. En respuesta a un artículo de 47 páginas se publicó otro de 48 páginas en defensa de Oliva en la Revue des Sciences philosophiques et théologiques que dirige el dominico Camille de Belloy, con quien también hablé. Y todavía se anuncian más andanadas…

Como vemos, el tema es sensible. Para el hermano Oliva, quien afirma haber «obrado con total libertad», era incluso el asunto más peligroso de su carrera. Por muy valiente que sea el dominico, es imposible que un investigador de su nivel se hubiera lanzado solo a publicar un trabajo sobre santo Tomás de Aquino y la cuestión gay sin haber recibido un respaldo firme de las alturas. ¿De los cardenales Baldisseri y Kasper? ¿Del propio papa Francisco?

El cardenal Walter Kasper me confirma la intervención personal de Francisco:

—Adriano Oliva vino a hablar conmigo. Antes me había mandado una carta y se la enseñé al papa, que quedó muy impresionado. Le pidió a Baldisseri que le encargara a Oliva un texto para difundirlo entre los obispos. Creo que ese texto es el que acabó convirtiéndose en Amours. —Y añade Kasper—: Adriano Oliva ha hecho un servicio a la Iglesia sin ser militante.

Amours, por recomendación del papa, se repartió durante el sínodo. El libro no es un panfleto más ni un ensayo aislado y algo suicida, como se ha dicho. Es un arma en un plan global concebido por el propio soberano pontífice.



La estrategia del papa, su maniobra, su máquina de guerra puesta en movimiento contra los conservadores de la Iglesia, no pasó inadvertida a sus adversarios. Cuando les pregunté a estos anti-Francisco, ya fueran cardenales o simples monsignori, prefirieron hablar off the record. Por tradición, un cardenal nunca habla mal del papa fuera del Vaticano. Los jesuitas y los miembros del Opus Dei son los que más callan sus desacuerdos. Los dominicos son prudentes y por lo general progresistas, como los franciscanos. Sin embargo, las críticas ad hominem contra Francisco no se hicieron esperar, con y sin micrófono. Fue un verdadero aluvión de odio.

Una de esas lenguas viperinas es un prelado ineludible de la curia con quien tuve en Roma más de una decena de citas, comidas y cenas, Aguisel (he alterado su nombre) es un homosexual divertido, malintencionado, realmente viperino y sin complejos que, pese a estar en la cuarentena, sigue siendo un gran seductor. ¡Aguisel es él solo un ejemplo de gay-pride! Coquetea con los seminaristas, a quienes invita a cenar por hornadas enteras; tira los tejos a los camareros de los bares y los restaurantes romanos donde cenamos, llamándoles por su nombre. Y resulta que yo le caigo bien.

—Yo soy del Antiguo Testamento —me dice nuestro prelado con una fórmula divertida, autoirónica y muy cierta.

Aguisel detesta a Francisco. Le reprocha su inclinación «comunizante», su liberalismo con respecto a la familia y, por supuesto, sus posiciones demasiado favorables a los homosexuales.

—Este papa es muy voluntarioso —me dice, y viniendo de él no es ningún elogio.

Otro día, cuando cenábamos en La Campana, un restaurante típico del romano Vicolo della Campana (una casa a la que Caravaggio solía acudir, según se dice), me señaló las incoherencias y bandazos de Francisco. Este papa, a su juicio, «es un veleta», y sobre la homosexualidad da un paso adelante y dos atrás, prueba de que improvisa:

—¿Cómo es posible que Francisco censure la teoría de género y al mismo tiempo reciba oficialmente a un transexual español en el Vaticano con su novio (o novia)…? No sabe uno a qué atenerse. Todo eso es incoherente y demuestra que no tiene doctrina, solo actos impulsivos de comunicación.

El prelado prosigue en tono confidencial, cuchicheando:

—Le diré una cosa: el papa se ha ganado muchos enemigos en la curia. Es malo. Echa a todo el mundo. No soporta que le contradigan. ¡Mire lo que le ha hecho al cardenal Müller!

Le sugiero que la inquina de Francisco contra Müller (a quien destituyó con cajas destempladas y sin previo aviso en 2017) tiene sus motivos. Mi interlocutor sabe todo esto y ve

que estoy bien informado. Pero lo único que le obsesiona son las pequeñas ofensas inferidas a Müller y sus afines.

—El papa intervino desde su posición, personalmente, ante la Congregación para la Doctrina de la Fe, para que expulsaran a los asistentes de Müller. ¡De un día para otro los despacharon a sus respectivos países! Al parecer, hablaban mal del papa. ¿Eran unos traidores? No es verdad. Simplemente, estaban en la oposición. ¡Qué bonito, que todo un papa ataque personalmente a simples monsignori!

Después de un momento de vacilación Aguisel se atreve a decir:

—Francisco tiene un espía en la Congregación para la Doctrina de la Fe que se lo cuenta todo. ¿Lo sabía usted? ¡Tiene un espía! ¡El espía es el subsecretario!

Durante varias comidas, las conversaciones con el prelado han sido del mismo tenor. Conoce los secretos de la curia y, por supuesto, los nombres de los cardenales y obispos «practicantes». Se nota que le encanta decírmelos, contarlo todo, aunque cada vez que «saca del armario» a un correligionario se retracta, asustado por su audacia:

—Me he ido de la lengua. Hablo demasiado. No debería. ¡Pensará que soy un descarado!

La imprudencia calculada del prelado durante estos diálogos frecuentes que mantuve con él durante decenas de horas a lo largo de varios años me fascinaba. Como todos los prelados con los que hablé, él sabía de sobra que soy periodista de investigación y he escrito varios libros sobre el asunto gay. Si hablaba conmigo, como tantos otros cardenales y obispos contrarios a Francisco, no era por casualidad ni por accidente, sino por esa «enfermedad del rumor, la maledicencia y el cotilleo» de la que se burla el papa.

—El santo padre es un poco especial —añade el prelado—. La gente, las muchedumbres, en todo el mundo le quieren mucho, pero no saben quién es. ¡Es brutal! ¡Es cruel! ¡Es duro! Aquí le conocemos, y le detestamos.



Un día, cuando comíamos en el barrio romano de Piazza Navona, monseñor Aguisel me cogió del brazo súbitamente al final de la comida y me llevó hacia la iglesia de San Luis de los Franceses.

—Aquí tiene tres Caravaggios y es gratis. Hay que aprovechar.

Los cuadros murales, al óleo sobre lienzo, son de una belleza suntuosa, con su profundidad crepuscular y su negrura tenebrosa. Meto una moneda de un euro en un aparatito que está delante de la capilla y las obras se iluminan de repente.

Después de saludar a una «loca de sacristía» que le ha reconocido —en esta iglesia francesa, como en todas, abundan los curas y seminaristas gais—, Aguisel sostiene luego una plática meliflua con un grupo de jóvenes turistas, alardeando de su prestigioso cargo en la curia. Después de este intermedio reanudamos nuestro diálogo sobre la homosexualidad de Caravaggio. El erotismo que se desprende del Martirio de san Mateo, que representa a un hermoso guerrero desnudo matando a un viejo caído en el suelo, recuerda a su San Mateo y el ángel, cuya primera versión, hoy perdida, se consideró demasiado homoerótica para ser digna de una capilla. Para el Tañedor de laúd, el Niño con un cesto de frutas y Baco, Caravaggio usó como modelo a su amante Mario Minniti. Otros cuadros, como Narciso, Los músicos, San Juan Bautista y el extraño Amor Vincit Omnia (El amor victorioso, que he visto en la Gemäldegalerie de Berlín) han confirmado desde hace mucho la atracción que sentía Caravaggio por los muchachos. Dominique Fernandez, novelista y miembro de la Academia Francesa, ha escrito al respecto: «A mi juicio Caravaggio es el pintor homosexual más grande de todos los tiempos, pues nadie como él ha exaltado con más vehemencia el vínculo de deseo entre dos hombres».

No es de extrañar, pues, que Caravaggio sea, al mismo tiempo, uno de los pintores preferidos del papa Francisco, de los cardenales rígidos de la curia que siguen dentro del armario y de los militantes gais que organizan en Roma City Tours LGBT, una de cuyas etapas consiste, precisamente, en rendir homenaje a «su» pintor.

—A la iglesia de San Luis de los Franceses no paran de llegar autocares de visitantes. ¡Cada vez hay menos feligreses y más turistas low cost! Vienen solo para ver los Caravaggios. Se comportan con una vulgaridad que no osarían exhibir en un museo. ¡Tengo que llamarles la atención! —me explica monseñor François Bousquet, el rector de la iglesia francesa, con quien almuerzo en dos ocasiones.

Monseñor Aguisel quiere enseñarme otra cosa. Da un pequeño rodeo, enciende la luz de la hermosa capilla y ¿qué tenemos aquí? ¡Un San Sebastián! Este cuadro, del artista Numa Boucoiran, se muestra en esta iglesia desde el siglo xix a petición del embajador de Francia ante el Vaticano («después de la guerra por lo menos cinco fueron homosexuales», añade Aguisel, que lleva la cuenta de todos los embajadores franceses). Este San Sebastián, convencional y de escaso valor artístico, reúne sin embargo todos los códigos de la iconografía gay: el muchacho está de pie, resplandeciente, gallardo y extasiado, con una desnudez exagerada por la belleza de sus músculos y el cuerpo atlético traspasado por las flechas de su verdugo que quizá sea su amante. Boucoiran es fiel al mito, aunque carece del talento de Botticelli, el Sodoma, Tiziano, Veronés, Guido Reni, El Greco o Rubens, que también pintaron este icono gay, dibujado ocho veces por Leonardo da Vinci.

He visto varios San Sebastián en los museos del Vaticano, en especial el de Girolamo Siciolante da Sermoneta, tan provocador y libidinoso que podría figurar en la cubierta de una enciclopedia de las culturas LGBT. Por no hablar del San Sebastián de la basílica de San Pedro de Roma, un mosaico más prosaico, que tiene una capilla dedicada, entrando a la derecha, justo después de la Piedad de Miguel Ángel. (Ahora es también la tumba de Juan Pablo II.)

El mito de san Sebastián es un código secreto muy apreciado, conscientemente o no, por los hombres del Vaticano. Revelarlo significa descubrir muchas cosas, a pesar de prestarse a distintas interpretaciones. Se puede considerar una figura efebófila o, por el contrario, sadomasoquista; puede representar una pasividad sumisa de jovencito o el vigor marcial del soldado que resiste estoicamente. Y sobre todo esto: Sebastián, atado al árbol, con su vulnerabilidad absoluta, parece amar a su verdugo, enlazarse con él. Este «gozo en el dolor», con el verdugo y su víctima mezclados, unidos en un mismo suspiro, es una metáfora maravillosa de la homosexualidad en el Vaticano. En Sodoma se celebra San Sebastián todos los días.



Uno de los pocos adversarios de Francisco dispuestos a expresarse públicamente es el cardenal australiano George Pell, «ministro de Economía» del papa. Cuando Pell se me acerca para saludarme estoy sentado en una salita de espera de la Loggia I del Palacio Apostólico del Vaticano. Él de pie, yo sentado: tengo ante mí a un gigante. Es desgarbado

de andar algo vacilante, y va flanqueado por su asistente, también enorme, que camina con indolencia y tomará nota concienzudamente de nuestra conversación. ¡Jamás en mi vida me había sentido tan pequeño! Puestos el uno encima del otro llegarían a una altura de cuatro metros, por lo menos.

—Trabajo con el papa y me reúno con él cada quince días —me cuenta Pell con mucha cortesía—. Desde luego, ambos tenemos una formación cultural muy distinta: él viene de Argentina y yo de Australia. Puedo tener divergencias con él, como por ejemplo sobre el cambio climático. Pero somos una organización religiosa, no un partido político. Debemos mantenernos unidos en lo que concierne a la fe y la moral. Al margen de esto pienso que somos libres y, como decía Mao Zedong, que florezcan cien flores…

George Pell contesta a mis preguntas a la manera anglosajona, con profesionalidad, concisión y sentido del humor. Es eficaz, está bien informado y sabe por dónde se anda. Con él, nada de off, todo es on the record. La cortesía del cardenal me impresiona, pues sus colegas me lo habían descrito como «brutal» y «pendenciero», cuando no temible como un «bulldog». En el Vaticano le han apodado Pell Pot.

Hablamos de las finanzas de la santa sede, de su trabajo de ministro, de la transparencia que está logrando donde antes, durante mucho tiempo, ha prevalecido la opacidad.

— ¡Cuando llegué descubrí cerca de 1.400 millones de euros durmientes, olvidados en todos los balances contables! La reforma financiera es uno de los pocos asuntos que une en el Vaticano a la derecha, la izquierda y el centro, tanto en lo político como en lo sociológico.

—Entonces ¿hay una derecha y una izquierda en el Vaticano? —le digo, interrumpiéndole.

—Creo que aquí todos somos una variante de centro radical.

En el sínodo, George Pell, que está considerado como uno de los representantes del ala derecha y conservadora del Vaticano, un ratzingueriano, se sumó a los cardenales críticos con Francisco. Como me suponía, el cardenal quita importancia a las desavenencias que saltaron a la prensa haciendo alarde de sutileza, es decir, de retórica hueca:

—No soy adversario de Francisco. Soy un leal servidor del papa. Francisco alienta las discusiones libres y abiertas y quiere que los que no piensan como él le digan la verdad.

George Pell menciona varias veces la «autoridad moral» de la Iglesia, que sería su razón de ser y el motor principal de su influencia en el mundo. Cree que hay que permanecer fiel a la doctrina y a la tradición. Aunque la sociedad se transforme, no se puede cambiar la ley. Por eso la actitud de Francisco con las «periferias» y su empatía con los homosexuales le parecen vanas, cuando no equivocadas.

—Está muy bien eso de interesarse por las «periferias», pero también hay que tener una masa crítica de creyentes. Claro que hay que ocuparse de la oveja descarriada, pero también se debe prestar atención a las otras 99 ovejas que se han quedado en el rebaño.

Después de nuestra entrevista Pell tuvo que marcharse de Roma debido que fue interrogado en los juzgados de Australia por un caso antiguo de abusos sexuales contra niños y otras acusaciones de encubrimiento continuado de curas pedófilos a los que desplazaba de parroquia en parroquia cuando era obispo. El caso ha causado mucho revuelo en los medios. Su primer procesamiento, con miles de páginas de declaraciones, terminó con su condena a finales de 2018.



El resultado de unos dos años de debates y tensiones en torno al sínodo tiene un bonito nombre: Amoris Laetitia («La alegría del amor»). Esta exhortación apostólica postsinodal lleva la marca personal y las referencias culturales de Francisco. El papa insiste en el hecho de que ninguna familia es una realidad perfecta, por lo que la atención pastoral debe ir dirigida a todas, tal como son. Atrás ha quedado el discurso familiarista y patriarcal de los conservadores contrarios al matrimonio homosexual.

Algunos prelados, no sin razón, piensan que Francisco se ha echado atrás en su afán de reforma y ha optado por una suerte de statu quo sobre los asuntos más sensibles. Los defensores de Francisco, en cambio, consideran que Amoris Laetitia es todo un hito.

Según uno de los detractores del texto, los homosexuales han perdido la batalla del sínodo, aunque han logrado, en compensación, que en esta exhortación apostólica se incluyan tres referencias codificadas a la homosexualidad: una fórmula críptica sobre el «amor de amistad» o «amistad amorosa» (§ 127); una referencia a la alegría de san Juan Bautista (pintado con aspecto afeminado por Caravaggio y también por Leonardo da Vinci, que usó como modelo a su amante Salai, § 65); y, por último, el nombre de un pensador católico que acabó reconociendo su homosexualidad, Gabriel Marcel (§ 322)… ¡Una victoria pírrica!

Amoris Laetitia es el resultado de dos sínodos —me dice el cardenal Baldisseri—. Si lee los capítulos 4 y 5 verá que es un texto magnífico sobre la relación amorosa y sobre el amor. El capítulo 8, el de los temas sensibles, es realmente un texto comprometido.

El ala conservadora del Vaticano no apreció el susodicho compromiso. Cinco cardenales, entre los que había dos «ministros» del papa, Gerhard Ludwig Müller y Raymond Burke, ya habían expresado su desacuerdo incluso antes del sínodo en un libro titulado Permanecer en la verdad de Cristo, una desaprobación pública tan insólita como clamorosa. Los cardenales George Pell, otro ministro de Francisco, y Angelo Scola, se les sumaron, incorporándose así a la oposición. Sin hacerlo formalmente, Georg Gänswein, el famoso secretario particular del papa Benedicto XVI, divulgó un mensaje público sibilino que respaldaba esta postura.

Cuando terminaron los debates del segundo sínodo, el mismo grupo volvió a tomar la pluma para expresar públicamente su desacuerdo. La carta, firmada por cuatro cardenales (el estadounidense Raymond Burke, el italiano Carlo Caffarra y dos alemanes, Walter Brandmüller y Joachim Meisner, que se ganaron el sobrenombre de los cuatro dubia, «duda» en latín), llamaba a «disipar» las «dudas» sembradas por Amoris Laetitia. Se publicó en septiembre de 2016. El papa ni siquiera se tomó la molestia de contestarles.

Detengámonos un momento en estos cuatro dubia. (Dos de los cuatro recientemente fallecidos.) Según numerosas fuentes de Alemania, Suiza, Italia y Estados Unidos, las cuales hablan de sus compañías «mundanas» y sus amistades especiales. La prensa alemana destacaba maliciosamente que vivían rodeados sobre todo de chicos guapos y afeminados; los periodistas de este país han confirmado su homofilia. En cuanto a Carlo Caffarra, exarzobispo de Bolonia creado cardenal por Benedicto XVI y fundador del Instituto Juan Pablo II «para estudios sobre el matrimonio y la familia», fue uno de los oponentes tan porfiados al matrimonio gay que esta obsesión trasnochada solo podía tener un origen.

Porque los dubia poseen un auténtico estilo: por un lado, las locas de sacristía, las liturgy-queens; los monaguillos repeinados con raya recta; por otro, la inquisición, la humildad en apariencia y la extravagante dignidad. Las risitas obsequiosas de los apolos y los efebos que les rodean; y los autos de fe. Un lenguaje sinuoso, en realidad torturado; y posturas medievales sobre la moral sexual. Junto con todo esto, ¡qué desatención hacia las personas del bello sexo! ¡Qué misoginia! ¡Qué gaidad divina y qué rigidez viril, o al revés! «The lady doth protest too much

Perfectamente informado sobre la homofilia de varios de estos dubia y las paradojas vitales de sus adversarios, esos dechados de intransigencia moral y rigidez, el papa estaba profundamente disgustado por tanta duplicidad.

Fue entonces cuando se entabló la tercera fase de la batalla de Francisco contra sus oponentes, la más luciferina. El papa castigó metódicamente, uno tras otro, a sus enemigos cardenales, bien retirándoles su ministerio (Gerhard Ludwig Müller fue destituido de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Mauro Piacenza trasladado sin contemplaciones, Raymond Burke despedido de su cargo al frente del Tribunal Supremo), ya fuera vaciando de contenido su función (Robert Sarah se encontró al frente de un ministerio que era un cascarón vacío, y privado de todos sus apoyos), ya fuera despidiendo a sus colaboradores (los de Sarah y Müller fueron reemplazados por hombres afines a Francisco), o bien, por último, dejando que los cardenales se debilitaran ellos solos (las acusaciones de abuso sexual contra George Pell, las sospechas que recaen sobre Gerhard Ludwig Müller y Joachim Meisner de una mala gestión de los escándalos sexuales, la batalla interna de la orden de Malta en el caso de Raymond Burke). ¿Quién dijo que el papa Francisco era misericordioso?



La mañana que visito al cardenal Gerhard Ludwig Müller en su domicilio privado de la Piazza della Città Leonina, próxima al Vaticano, me da la impresión de que le he sacado de la cama. ¿Se habrá pasado toda la noche cantando maitines? El todopoderoso prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y enemigo número uno del papa Francisco abre personalmente la puerta… y está en ropa interior. ¡Es mi primer cardenal en pijama!

Delante de mí veo a un hombre alto con una camiseta arrugada, un chándal amplio, largo y elástico, de marca Vittorio Rossi, y zapatillas. Algo apurado, balbuceo:

—¿Era a las nueve cuando habíamos quedado?

—Sí, eso es. Pero no pensará sacar fotos, ¿verdad? —me pregunta el cardenal-prefecto emérito, que ahora parece darse cuenta de lo impropio de su vestimenta.

—No, no. Nada de fotos.

—Entonces puedo seguir [vestido] así —me dice Müller.

Pasamos a un enorme despacho con todas las paredes cubiertas por una impresionante biblioteca. La conversación es apasionante y Müller me parece más sofisticado de lo que me han dado a entender sus adversarios.

Este intelectual próximo a Benedicto XVI conoce a la perfección, lo mismo que el papa emérito, la obra de Hans Urs von Balthasar y de Jacques Maritain, y sobre ellos mantenemos una larga conversación. Müller me enseña sus libros, impecablemente ordenados en la estantería, para que vea que los ha leído.

La casa es clásica y de una fealdad poco católica. Este, por lo demás, es un rasgo común a las docenas de viviendas de cardenales que visité: un semilujo semimundano, una mezcla de géneros mal conjuntados, lo sucedáneo y lo superficial falto de profundidad, en una palabra, lo que podría llamarse middlebrow: es así como lo llaman en Estados Unidos a lo que no es ni exquisito ni popular, a la cultura del medio, a la de medio pelo; la cultura de la media y del término medio. Un gran reloj de pared opulento y falso art déco que ya no funciona, una cómoda barroca demasiado estilosa, una mesa ramplona, todo mezclado. Es la cultura «cuadernos Moleskine», falsos remedos de los de Bruce Chatwin o Hemingway, leyendas apócrifas. Este estilo en el estilo, amable y desangelado, es común a Müller, Burke, Ruini, Dziwisz, Stafford, Farina, Etchegaray, Herranz, Martino, Re, Sandoval y tantos otros cardenales en busca de self-aggrandizement(autoengrandecimiento) que he visitado.

En realidad Müller, cuando me reúno con él, acaba de «encoger». El papa le ha apartado sin miramientos de la Congregación para la Doctrina de la Fe, donde ocupaba el cargo de prefecto desde el papado de Benedicto XVI.

—¿Qué juicio me merece Francisco? Digamos que Francisco tiene su propia personalidad, tiene realmente un estilo propio. Pero, entiéndame, hablar de pro y anti-Francisco no tiene ningún sentido para mí. La sotana roja que llevamos significa que estamos dispuestos a verter nuestra sangre por Cristo, y servir a Cristo significa, para todos los cardenales, servir al vicario de Cristo. Pero la Iglesia no es una comunidad de robots y la libertad de los hijos de Dios nos permite tener distintas opiniones, distintas ideas, sentimientos distintos de los del papa. Pero lo repito, insisto, eso no quiere decir que no queramos ser profundamente leales al papa. Lo somos, porque queremos ser profundamente leales al Señor.

Sin embargo, el leal Müller se ha sumado a la larga lista de los Judas, junto con Raymond Burke, Robert Sarah, Angelo Bagnasco o Mauro Piacenza, que no ahorran ataques solapados e hirientes contra el papa. Con su índole pendenciera, el cardenal indócil ha querido dar lecciones al santo padre, contradiciendo taimadamente las orientaciones de Francisco sobre el sínodo. Ha dado entrevistas sobre la moral que desautorizaban a Francisco y ha prodigado los puntos de tensión, que no tardaron en ser de ruptura. Decir que ha caído en desgracia significaría que alguna vez gozó del favor del papa. Hacía meses que se había puesto precio a su capelo cardenalicio. Francisco le desmochó sin vacilar en un encuentro que, según Müller, «duró un minuto». ¡Y ahora está delante de mí en calzones!

De pronto una monjita llena de devoción que acaba de llamar suavemente a la puerta entra con el té del cardenal que ha preparado con la solicitud clerical que corresponde a Su Eminencia, por muy cesante que esté. El cardenal gruñón, visiblemente molesto, apenas le dirige la mirada mientras ella posa la taza y la despacha secamente. La religiosa sin edad, que había entrado con tanta diligencia, sale rebotada. ¡En una familia burguesa tratan mejor a las criadas! Sentí vergüenza por ella y más tarde, cuando me marché, me entraron ganas de ir a verla para disculparme de esa misoginia.

El cardenal Müller tiene el espíritu de la contradicción. En Baviera, donde fue obispo, dejó el recuerdo de un prelado «ambiguo» y quizá incluso «esquizofrénico» (por usar una palabra frecuente en el vocabulario del papa), según una docena de testimonios que herecogido en Múnich y Ratisbona. Varios curas y periodistas me describen sus amistades mundanas, en los ambientes del Regensburger Netzwerk («la red de Ratisbona»), al parecer bajo la influencia de Joseph Ratzinger y Georg Gänswein.

—Cuando Müller era obispo de Ratisbona, aquí en Baviera, su personalidad no se entendió bien. Su relación con el célebre cardenal alemán Karl Lehmann, un liberal y progresista, resultó especialmente difícil sobre la cuestión gay. Se escribieron cartas muy duras, muy amargas, como intercambiándose las posiciones, ya que Lehmann era bastante gay friendly y heterosexual, y Müller muy antigay. Al mismo tiempo Müller acudía asiduamente a las recepciones de la princesa Gloria von Thurn und Taxis en el castillo de Saint-Emmeram —me explica en Múnich el periodista del Süddeutsche Zeitung Matthias Drobinski, que cubre la Iglesia alemana desde hace veinticinco años.



El castillo de Ratisbona junta con audacia y cierta alegría un claustro románico y gótico, una abadía benedictina, un ala barroca y varios salones de baile rococó y neorrococó. Este palacio que juega con los estilos y las épocas también es conocido por haber sido el de la hermana de la emperatriz Sissi. La princesa Gloria von Thurn und Taxis, viuda de un adinerado industrial cuya familia se enriqueció con el monopolio del servicio postal durante el Sacro Imperio Romano Germánico antes de que Napoleón se lo expropiara, reside aquí. Su antro es el punto de referencia del sector más conservador de la Iglesia católica alemana, lo que quizá explique el apodo de la princesa, Gloria TNT, por su conservadurismo explosivo.

La dueña del castillo, recién llegada de su clase diaria de tenis, con polo rosa de marca, gafas ovaladas petulantes, reloj Rolex deportivo y gruesos anillos repletos de cruces, me concede audiencia. ¡Qué mujer! ¡Qué circo!

Tomamos una copa en el Café Antoinette —por el nombre de la reina francesa decapitada— y Gloria von Thurn und Taxis, de cuya rigidez y modales de marimacho me habían hablado, se muestra extrañamente afable y amistosa conmigo. Se expresa en un francés perfecto.

Gloria TNT se toma su tiempo para contarme su vida de queen: el tamaño de su patrimonio multimillonario, con las 500 estancias de su castillo que hay que mantener, sin contar los 40.000 metros cuadrados de tejado («es muy muy caro», se lamenta, abriendo desmesuradamente los ojos); una militancia política en la derecha más reaccionaria; su aprecio a los curas, entre los que destaca su «querido amigo» el cardenal Müller; y su vida en continua mudanza entre Alemania, Nueva York y Roma (donde, según dicen, comparte una residencia temporal en el centro con otra princesa, Alessandra Borghese, lo que ha desatado los rumores sobre la inclinación sexual-monárquica de ambas). Gloria TNT hace hincapié en su catolicismo desenfrenado:

—Soy de fe católica. Tengo una capilla privada personal en la que mis amigos sacerdotes pueden celebrar misa cuando quieran. Me encanta que se usen las capillas. Por eso tengo un capellán, un cura a domicilio, desde hace un año y pico. Estaba jubilado y me lo he traído aquí. Ahora vive con nosotros en unos aposentos del castillo. Es mi capellán privado —me dice Gloria TNT.

El cura en cuestión se llama monseñor Wilhelm Imkamp. Aunque le llaman monseñor no es obispo.

—Imkamp es un cura ultraconservador muy conocido. Quería ser obispo, pero se lo impidieron por razones personales. Es muy cercano al ala conservadora radical de la Iglesia alemana, en especial al cardenal Müller y a Georg Gänswein —me señala en Múnich el periodista Matthias Drobinski, del Süddeutsche Zeitung.

Extraño prelado, a fin de cuentas, este turbulento Imkamp que parece bien introducido en el Vaticano, donde ha sido «consultor» de varias congregaciones; también ha sido asistente de uno de los cardenales alemanes más delicadamente homófobos, Walter Brandmüller. ¿Por qué estos contactos activos y sus amistades ratzinguerianas no le permitieron ser obispo con Benedicto XVI? He aquí un misterio que merecería ser desvelado.

David Berger, un teólogo y exseminarista convertido en militante gay, me explica durante una charla en Berlín:

—Todas las mañanas monseñor Imkamp celebra una misa en latín por el rito antiguo en la capilla de Gloria von Thurn und Taxis. Él es un ultraconservador amigo de Georg Gänswein, ella una madonna de los gais.

La aristócrata decadente Gloria TNT también es rica en paradojas. Me describe su colección de arte contemporáneo, que incluye obras de Jeff Koons, Jean-Michel Basquiat, Keith Haring e incluso del fotógrafo Robert Mapplethorpe, un magnífico y famoso retrato suyo. Koons está vivo, pero dos de estos artistas, Haring y Mapplethorpe, eran homosexuales y murieron de sida; Basquiat era toxicómano y el propio Mapplethorpe fue blanco de los ataques de la extrema derecha estadounidense, que tildaba su obra de homoerótica y masoquista. ¿Esquizofrenia?

La princesa resumió sus contradicciones sobre la homosexualidad durante un debate del partido conservador bávaro (CSU) en presencia de monseñor Wilhelm Imkamp: «Todos tienen derecho a hacer lo que quieran en su dormitorio, pero eso no debe transformarse en programa político». Ahí está el truco: ¡manga ancha con los homosexuales «en el armario», pero tolerancia cero para la visibilidad de los gais!

En suma, esta Gloria TNT es un cóctel explosivo: rata de sacristía y jet set aristopunk, ferviente católica flipada y locatis integrista rodeada de una patulea de gais. ¡Gloria von Thurn und Taxis es una cocotte (mujer de vida alegre) de altos vuelos!

Tradicionalmente cercana a los conservadores de la CSU de Baviera, parece que en los últimos años ha adoptado algunas ideas de la AfD, el partido de la derecha reaccionaria alemana, aunque sin adherirse formalmente. Se la ha visto al lado de los diputados de esta formación durante las Demos für Alle, las manifestaciones contra el matrimonio gay. En una entrevista declara su estima por la duquesa Beatrix von Storch, vicepresidenta de la AfD, aunque reconoce que tiene desacuerdos con su partido.

—La señora von Thurn und Taxis es típica de la zona gris entre los cristianosociales de la CSU y la derecha dura de la AfD, que coinciden en su rechazo a la «teoría de género», su oposición al aborto, al matrionio gay y en su crítica a la política migratoria de la canciller Angela Merkel —me explica en Múnich el teólogo alemán Michael Brinkschröeder.

Estamos en el meollo de la llamada «red de Ratisbona», una constelación en la que la Reina Sol Gloria TNT es el astro iluminado a cuyo alrededor «mil diablos azules bailan».

Los prelados Gerhard Ludwig Müller, Wilhelm Imkamp y Georg Gänswein siempre han parecido estar a sus anchas en esta camarilla gay-friendly con mayordomos de librea, tartas decoradas con «sesenta mazapanes en forma de pene» (nos cuenta la prensa alemana) y curas, naturalmente, muy homófobos. La principesca Gloria TNT se encarga también del servicio posventa y participa en la promoción de los libros antigáis de sus amigos cardenales reaccionarios como Müller, el guineano ultraconservador Robert Sarah o el alemán Joachim Meisner, con el que ha escrito un libro de entrevistas. El homófilo Meisner fue la quintaesencia de la hipocresía del catolicismo, pues era a la vez uno de los enemigos del papa Francisco (uno de los cuatro dubia); un homófobo a machamartillo; un obispo que ordenó a curas gais practicantes, tanto en Berlín como en Colonia, a sabiendas de que lo eran; un closeted encerrado con siete llaves desde su pubertad tardía; y un esteta que vivía con su corte de afeminados y mayoritariamente LGBT.



¿Se puede tomar en serio el pensamiento del cardenal Müller? Grandes cardenales y teólogos alemanes se muestran críticos con sus escritos, que no son autoridad, y con su pensamiento, que no sería digno de fe. Destacan, pérfidamente, que ha coordinado la edición de las obras completas del Ratzinger, insinuando que esta proximidad explica su título de cardenal y su cargo en la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Estos juicios tan severos requieren una matización, pues quien creó cardenal a Müller fue Francisco, no Benedicto XVI. Ha sido sacerdote en Latinoamérica y ha escrito libros profundos, especialmente sobre la teología de la liberación. Aunque esto no merma en modo alguno su conservadurismo, nos retrata a un personaje más complejo. Durante nuestra conversación me dice que es amigo de Gustavo Gutiérrez, el «padre fundador» de esta corriente religiosa, y es cierto que ha publicado con él un libro de entrevistas apasionante.

Su homofobia, en cambio, está fuera de duda. Cuando el papa, en una conversación privada, dio muestras de empatía con Juan Carlos Cruz, un homosexual víctima de abusos sexuales («Que seas gay no tiene ninguna importancia. Dios te hizo así y te ama, eso es lo que importa. El papa también te ama. Debes ser feliz tal como eres», le dijo Francisco), el cardenal Müller no ocultó su indignación y declaró públicamente que «la homofobia es un invento» (un hoax —«bulo»—, dijo).

Esta severidad, esta firmeza, contrastan con la inacción mostrada por el cardenal Müller en los casos de los abusos sexuales de que habría tenido conocimiento. Bajo su liderazgo, la Congregación para la Doctrina de la Fe, que se ocupa en el Vaticano de los expedientes pedófilos, fue acusado de negligencia (aunque él lo niega tajantemente) y de mostrar escasa empatía con las víctimas. También es notoria su falta de apoyo a la influyente laica irlandesa Marie Collins, víctima de curas pedófilos, de la Comisión para la Protección de los Menores creada por el Vaticano para luchar contra los abusos sexuales en la Iglesia.

Durante el sínodo de la familia Müller se alineó claramente con la oposición al papa Francisco, por mucho que hoy me diga, en plan farisaico, que no quiere «añadir confusión a la confusión, amargura a la amargura, odio al odio». Se sumó a la resistencia de los dubia, erigió en dogma la negativa a dar la comunión a las personas divorciadas y vueltas a casar, y mostró un obstinado rechazo a la ordenación de mujeres e incluso de viri probati. Para él, que se sabe de memoria todos los versículos del Antiguo Testamento y las epístolas que tratan de este «mal», las personas homosexuales merecen un respeto, pero a condición de quepermanezcan castas. Por último, el cardenal se muestra iracundo frente a la «ideología del género», de la que hace una burda caricatura, bien distinta de la sutileza con que aborda la teología de la liberación.

Al papa Francisco no le gustaron nada las críticas de Müller al sínodo de la familia y en especial a Amoris Laetitia. En su saludo navideño de 2017 señaló, sin nombrarle, a Müller cuando denunció a las personas «que traicionan su confianza y se dejan corromper por la ambición o por la vanagloria; y cuando se les despide con delicadeza, declaran falsamente que son mártires del sistema, cuando en realidad deberían haber entonado un mea culpa». Más severo aún, el papa denunció a los que traman «complots» y el «cáncer de las camarillas». Como vemos, la relación entre Francisco y Müller es espléndida.

Una llamada telefónica interrumpe de pronto nuestra conversación. Este, sin disculparse, se levanta de un salto y contesta. El que hace poco se mostraba desabrido, al ver el número en la pantalla adopta una postura afectada, se da tono: ahora es educado. Habla con voz afable en alemán. La conversación florida solo dura unos minutos, pero comprendo que es personal. Si no tuviera ante mí a un hombre que ha hecho voto de castidad y si no oyera resonar a lo lejos, en el aparato, una voz de barítono, podría suponer que se trataba de una conversación sentimental.

El cardenal vuelve a sentarse a mi lado, vagamente intranquilo. De repente me pregunta, con tono inquisitivo:

—¿Entiende usted el alemán?

 En Roma a veces te sientes como en una película de Hitchcock. En el mismo edificio donde vive Müller también reside su gran enemigo, el cardenal Walter Kasper. Acudiré con frecuencia a este grupo de viviendas e incluso acabaré por conocer al portero del inanimado edificio art déco, a quien dejaré notas para los dos cardenales rivales y un ejemplar del famoso «libro blanco», mi regalo para Müller.

Los dos alemanes se baten en duelo desde hace mucho, y sus justas teológicas son memorables. Como la de 2014-2015, cuando el papa encargó a Kasper, su inspirador y teólogo oficial, la conferencia inaugural del sínodo sobre la familia, y Müller la echó por tierra.

—El papa Francisco reculó, es un hecho. No tenía elección. Pero siempre fue muy claro. Aceptó un compromiso, pero trató de mantener el rumbo —me dice Kasper durante un encuentro en su casa.

El cardenal alemán, vestido con un traje oscuro muy elegante, habla con voz clara y dulzura infinita. Escucha a su interlocutor, medita en silencio y luego se enfrasca en una larga y preparada explicación filosófica cuyo intríngulis solo él conoce, que me recuerda mis largas conversaciones con los católicos de la revista Esprit en París.

Ahora Kasper se entusiasma con santo Tomás de Aquino, al que está releyendo y que, a su juicio, fue traicionado por los neotomistas, esos exégetas que le radicalizaron y disfrazaron, como hicieron los marxistas con Marx y los nietzscheanos con Nietzsche. Me habla de Hegel y de Aristóteles y, mientras busca un libro de Emmanuel Levinas y quiere enseñarme otro de Paul Ricoeur, comprendo que estoy delante de un verdadero intelectual. Su amor por los libros no es fingido.

Nacido en Alemania el año en que Hitler llegó al poder, Kasper estudió en la Universidad de Tubinga, cuyo rector era el teólogo suizo Hans Küng, y allí conoció a Joseph Ratzinger. De esos años decisivos datan estas dos amistades esenciales que perdurarían hasta hoy, pese a sus crecientes desavenencias con el futuro papa Benedicto XVI.

—Francisco tiene unas ideas más parecidas a las mías. Le tengo un gran aprecio, siento mucho cariño por él, pero le veo poco. De todos modos mi relación con Ratzinger sigue siendo muy buena, pese a nuestras diferencias.

La «diferencia» se remonta a 1993 y ya se trataba de la cuestión de los divorciados vueltos a casar, el verdadero asunto de Kasper, mucho más que la cuestión homosexual. Con otros dos obispos y seguramente con el respaldo de Hans Küng, que había roto con Ratzinger, Kasper hizo leer una carta en las iglesias de su diócesis para abrir el debate sobre la comunión de las personas divorciadas. En ella se hablaba de misericordia y de la complejidad de las situaciones individuales, algo parecido a lo que dice Francisco hoy.

Frente a este acto de disidencia leve, el cardenal Ratzinger, que dirigía la Congregación para la Doctrina de la Fe, frenó en seco a los aventureros. Con una carta tan rígida como severa les conminó a volver al redil. Con este simple samizdat, Kasper se incorporó a la oposición al futuro Benedicto XVI lo mismo que Müller, siguiendo una trayectoria contraria a la de su vecino de escalera, lo hizo con Francisco.

Kasper-Müller: esta fue, por tanto, la línea divisoria del sínodo, una batalla que también se reanudó en 2014-2015, después de haberse librado en los mismos términos y casi con los mismos actores veinticinco años antes entre Kasper y Ratzinger. El Vaticano da a menudo la impresión de ser un gran barco que no avanza aunque tenga el motor en marcha.

—Yo soy pragmático —corrige Kasper—. La vía trazada por Francisco y la estrategia de ir paso a paso es la buena. Si se avanza demasiado deprisa, como sobre la ordenación de mujeres o el celibato de los sacerdotes, se producirá un cisma entre los católicos, y yo no quiero eso para mi Iglesia. En cambio, sobre los divorciados podemos ir más lejos. Es una idea que defiendo desde hace mucho tiempo. En cuanto al reconocimiento de las parejas homosexuales, es un tema más difícil. Intenté avivar este debate en el sínodo, pero no me hicieron caso. Francisco encontró una vía intermedia al hablar de las personas, de los individuos. Luego, paso a paso, habrá que ir moviendo las líneas. El papa rompe también con cierta misoginia: nombra mujeres en todas partes, en las comisiones, en los dicasterios, en los grupos de expertos. Avanza a su ritmo, a su manera, pero tiene un norte.

Tras la victoria del same-sex marriage en Irlanda, Walter Kasper dijo que la Iglesia debía aceptar el veredicto de las urnas. Este referéndum de mayo de 2015 se celebró entre los dos sínodos; el cardenal pensaba que debía tenerse en cuenta y así lo declaró al diario italiano Corriere della Sera. En su opinión, el tema del matrimonio homosexual, que antes del primer sínodo todavía era «marginal», se había convertido en «central» cuando, por primera vez, el matrimonio se abrió a las parejas del mismo sexo «por un voto popular». En la misma entrevista el cardenal añadió: «Un Estado democrático debe respetar la voluntad popular. Si la mayoría del pueblo quiere estas uniones civiles es un deber del Estado reconocer estos derechos».

En su casa hablamos de todos estos asuntos en las dos entrevistas que me concede. Admiro la sinceridad y la probidad del cardenal. Abordamos la cuestión homosexual con gran libertad de tono y Kasper se muestra abierto, escucha, hace preguntas, y yo sé pormuchas de mis fuentes y también por intuición —y por el llamado gaydar, al que me he referido más arriba— que probablemente estoy ante uno de los poquísimos cardenales de la curia que no son homosexuales. Es la séptima regla de Sodoma, que se verifica casi siempre:

Los cardenales, los obispos y los curas más gay-friendly, y los que hablan poco de la cuestión homosexual, generalmente son heterosexuales.

Repasamos varios nombres de cardenales y Kasper, en efecto, está al corriente de la homosexualidad de varios colegas suyos. Se da el caso de que parte de ellos son también sus adversarios y los más «rígidos» de la curia romana. Tenemos dudas sobre algunos nombres y estamos de acuerdo sobre algunos otros. Nuestra conversación, llegados a este punto, es de orden privado y le prometo guardar en secreto nuestro pequeño juego de outing. Él se limita a decirme, como si acabara de hacer un descubrimiento inquietante:

—Se esconden. Disimulan. Esa es la clave.

Después hablamos de los «anti-Kasper» y por primera vez noto que el cardenal se irrita. Pero a los 85 años el teólogo de Francisco ya no tiene ganas de luchar contra los hipócritas, los retorcidos. Con un ademán despacha el debate y me dice, con una frase que podría considerarse vanidosa, autosuficiente, pero en realidad es una constatación severa contra los jueguecitos inútiles de esos prelados que viven al margen de la realidad y, lo que es peor, de su propia realidad:

—Vamos a ganar.

Cuando Kasper pronuncia estas palabras descubro la bonita sonrisa del cardenal, por lo general tan austero.

En una mesa baja hay un ejemplar del Frankfurter Allgemeine Zeitung, el periódico que lee a diario. Kasper me habla de Bach y de Mozart, y siento vibrar su alma alemana. Le obsesiona el tema del «desencanto». En la pared del salón hay un cuadro que representa un pueblo y le pregunto por él.

—Fíjese, la realidad es esa. Mi pueblo en Alemania. Todos los veranos vuelvo a mi región. Hay campanas, iglesias. Al mismo tiempo, las personas ya no van mucho a misa y parece que son felices sin Dios. Esa es la gran cuestión. Eso es lo que me preocupa. ¿Cómo volver a encontrar la senda de Dios? Tengo la impresión de que se ha perdido. Hemos perdido la batalla.


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